Determinados poderes se dedican sin pudor a suplantar verdades visibles con groseras falsedades y así alimentar los discursos populistas

Fue en mis años de estudiante universitario, allá por la década de 1970, cuando no sé bien por qué impulso tuve un primer interés por la figura de León Trotski y me propuse saber algo sobre el personaje. Sin embargo, aquel intento de pesquisa muy pronto chocaría contra el muro de lo que he podido catalogar como una ignorancia programada: recuerdo que en las bibliotecas cubanas a mi alcance solo encontré dos libros sobre Trotski. Elaborados por colectivos de autores de la Academia de Ciencias o de Historia de la URSS, ambos volúmenes ofrecían la misma y establecida consideración sobre el excomisario de la Guerra y lo hacían con una vehemencia que se disparaba desde títulos como Trotski, el falso profeta y, si no recuerdo mal, Trotski, el traidor.

Aquella única versión referida al personaje en cuestión entrañaba la imposibilidad de conocer, contrastar e intentar establecer una verdad. No obstante, lo trascendente es que mi conflicto no suponía una cuestión puntual. Por el contrario, constituyó toda una política informativa, un manejo sesgado de la verdad sobre el cual, en su libro El Imperio (Anagrama, 1994) el polaco Ryszard Kapuscinski comentaría: “A medida en que se aleja la época staliniano-brezhneviana nuestros conocimientos sobre aquel sistema y aquel país aumentan en progresión geométrica. Ahora no solo cada año y cada mes aportan nuevos materiales e informaciones, sino ¡cada semana y cada día!”. Y más adelante concluía: “El noventa por ciento, si no más, de los materiales de que ahora [se] dispone hace sólo unos pocos años no conocían la luz del día”.