La política se ha fijado como prioridad gestionar el relato antes que la realidad
Quizá el análisis más lúcido del totalitarismo siga siendo el de Hannah Arendt. Para la pensadora alemana, los movimientos totalitarios introdujeron un uso radicalmente nuevo de la mentira política. No se trataba ya de ocultar la realidad o de deformarla parcialmente, sino de sustituirla por completo. Hoy sabemos, gracias a la psicología cognitiva y la neurociencia, que aquella intuición de Arendt era extraordinariamente precisa. Numerosos experimentos muestran que, una vez que una
t="_self" rel="" title="https://elpais.com/noticias/noticias-falsas/" data-link-track-dtm="">explicación falsa se instala en primer lugar, resulta extremadamente difícil desactivarla, incluso cuando se presenta la verdad de manera clara y verificable. Por eso la mentira política contemporánea ya no triunfa porque sea verosímil, sino porque es rápida: llega antes que la verdad y organiza el sentido a partir del cual todo lo demás será interpretado.
Este mecanismo se ha visto recientemente en Estados Unidos, tras la muerte de una mujer a manos de un agente federal. El presidente Trump se apresuró a fijar el relato de que la mujer había tratado de arrollar con su coche al agente que le disparó. La publicación del vídeo de los hechos, en el que vemos que la mujer trataba de alejarse sin atropellar a nadie, no ha hecho cambiar el relato a la administración Trump. Pero este modo de operar no es patrimonio exclusivo de otras latitudes. En España hemos visto con claridad cómo una parte de la derecha ha interiorizado que es más rentable comunicar que hacer política. En la noche de la dana, mientras la situación era descrita en privado como “un puto desastre” y ya se hablaba de víctimas mortales, la insistencia del líder del PP se centraba en una instrucción recurrente: “Lleva la iniciativa de comunicación… es la clave”. Es el síntoma de una prioridad política: gestionar el relato antes que la realidad.






