En una conversación reciente entre dos periodistas estadounidenses progresistas, uno le preguntaba al otro: “¿Crees que Israel tiene un problema de imagen?”. Y el otro respondía: “Creo que Israel tiene un problema de realidad”.
Detecto últimamente unas pocas y casi imperceptibles grietas en la tiranía de la comunicación y el marketing políticos. La obsesión por la reputación, la creación de relato y el posicionamiento estratégico dejó en un lugar secundario hace unas décadas a los hechos y las ideas, el material del que está hecha la realidad.
En España, fue Podemos quien más temprano apostó por crear una imagen (casta versus pueblo) en detrimento de dar la batalla por las ideas (simplificando: izquierda versus derecha). Sus grandes dilemas iniciales se dirimían en términos de cómo evitar problemas de imagen: había que plantear las propuestas de manera que Podemos no diera miedo, pero sin dejar de trazar una línea entre buenos (el pueblo) y malos (la casta); había que ser simpáticos con los nacionalismos periféricos, pero sin resultar antipáticos para quienes se sentían españoles; había que aparentar que se pertenecía a los de abajo vistiendo como —según los estereotipos— visten los de abajo. Fue hasta tal punto evidente que la imagen lo era todo que en las primeras elecciones a las que concurrieron, las correspondientes al Parlamento Europeo en 2014, fue literalmente una imagen la que aparecía en la papeleta: la cara de Pablo Iglesias. Pero 11 años después de su creación, Podemos no tiene problemas de imagen, sino de realidad: es parlamentariamente marginal. A pesar de lo desastrosa que resultó esa obsesión por tener atención mediática, construir una imagen y forjar un relato, Podemos sigue en ayuno de ideas.






