Máriam Martínez-Bascuñán aplica el pensamiento de Hannah Arendt para explicar cómo en la última década se ha desmantelado el debate público

En la cronología de la posverdad suele repetirse como episodio inaugural la célebre rueda de prensa del 22 de enero de 2017. Kellyanne Conway, portavoz del presidente Trump —acorralada frente a una mentira flagrante— contestó que ella no mentía, sino que ofrecía “hechos alternativos” (alternative facts). No se trataba de un lapsus linguae. Unas horas an...

tes, cuando en la ceremonia de toma de posesión se había puesto a llover, el propio Trump había replicado con sencillez: “No llueve”. El hombre más poderoso del mundo decía que no llovía bajo la lluvia y miles de personas que se habían cobijado bajo los paraguas empezaron a cerrarlos, lo que reveló una lealtad que ya no provenía de la convicción, sino de algo más siniestro: la rendición. Nacía la era de la posverdad.

Máriam Martínez-Bascuñán explica cómo en menos de una década ese mundo que entonces nos pareció delirante se ha vuelto familiar. “Ya no pensamos; nos alineamos. No argumentamos; compartimos. No dudamos; confirmamos. Mentir de manera indiscriminada ya no tiene como objetivo hacer que las personas crean en una mentira específica, sino hacer que nadie crea nada en absoluto”. La disputa sobre la verdad se ha convertido en una batalla simbólica y emocional, y “en esa colisión entre un pueblo que ya no cree y unas élites que ya no escuchan, la verdad misma se ha vuelto irrelevante”.