Algo raro está ocurriendo hoy en el mundo. Es como si de pronto, de un día para otro, se hubieran cerrado determinadas puertas y se nos hubieran hurtado cosas que hasta ayer mismo eran imprescindibles para la vida cotidiana. Situaciones que antes nos resultaban familiares han dejado de tener lugar. Una conversación plácida, por ejemplo. En el ambiente político, por referirse a cuestiones de más enjundia, ya no se respeta al adversario; la idea que se impone es la de masacrarlo, y punto. Estábamos en un sitio donde era posible establecer unas rutinas, poner un poco de orden y limpiar los rincones, donde se valoraban algunas conductas o posiciones que resultaban admirables, ahora es todo como si se viviera en un programa de telebasura. De lo que se trata es de gritar un poco más que el que está gritando al lado, meter el dedo en el ojo ajeno, empujar, hacerse sitio, siempre entre risotadas, como viejos compadres que presumen de testosterona.

Hay un cuento de Julio Cortázar que abre uno de sus primeros libros, Bestiario (Debolsillo), se titula Casa tomada. Dos hermanos se van a vivir a la residencia familiar cuando tienen unos 40 años. Por las mañanas invierten un buen rato en limpiar aquel inmenso lugar donde pueden vivir hasta ocho personas sin estorbarse, luego se sientan a comer, por las tardes la hermana —Irene— se dedica todo el rato a tejer sentada en el sofá. La casa tiene una parte más retirada (“el comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes”), que está separada del resto (un baño, la cocina, los cuartos donde duermen y el living central) por una puerta de roble. Un día, el narrador escucha unos ruidos por la zona de la biblioteca o el comedor y se dirige a Irene y le dice: