La obsesi�n del presidente con los aranceles refleja una mala interpretaci�n de los �ltimos 250 a�os.El pasado abril, con un lenguaje que evocaba la Declaraci�n de Independencia, Donald Trump anunci� un "d�a de la liberaci�n" con una extraordinaria campa�a de subidas de aranceles masivas. �l y su Administraci�n han dejado claras sus inspiraciones pol�ticas: el congresista republicano y posteriormente presidente William McKinley, quien impuso altos aranceles para proteger la industria manufacturera a finales del siglo XIX; antes que �l, el senador y secretario de Estado Henry Clay, quien negoci� un compromiso arancelario entre los intereses agr�colas e industriales en la d�cada de 1830; y el primer secretario del Tesoro, Alexander Hamilton, quien impuso aranceles para financiar el Gobierno federal de la nueva rep�blica.Por una vez, Trump no se equivoca del todo: Estados Unidos tiene una larga tradici�n de aranceles elevados. Su defensa del libre comercio y la globalizaci�n en las �ltimas d�cadas —de palabra, si no siempre en la pr�ctica— no ha sido una postura coherente durante los 250 a�os de la rep�blica.Sin embargo, como era de esperar, la pol�tica comercial de Trump no es tanto un resurgimiento de una tradici�n arancelaria familiar como un caos total. Una de sus caracter�sticas m�s inquietantes ha sido la inusual abrogaci�n del papel del Congreso, cuyo poder para "regular el Comercio con naciones extranjeras" est� consagrado en el Art�culo I de la Constituci�n de los Estados Unidos.Un an�lisis de los detalles de la historia de la pol�tica comercial estadounidense demuestra no s�lo hasta qu� punto carece de rigor hist�rico la visi�n de Trump, sino tambi�n el papel del azar y la casualidad. La historia rara vez es lineal; la correlaci�n se confunde frecuentemente con la causalidad; el tiempo y el azar influyen en todo.El gran historiador del comercio estadounidense, Doug Irwin, sostiene que la pol�tica arancelaria se ha regido por los ingresos, la restricci�n (proteccionismo) y la reciprocidad. Algunos proteccionistas actuales, entre ellos Trump, citan a Hamilton y su "Informe sobre las Manufacturas" de 1791 como argumento a favor de una pol�tica industrial agresivamente intervencionista, en la que el Estado fomenta el desarrollo industrial tras barreras arancelarias proteccionistas.En realidad, como se�ala Irwin, la principal preocupaci�n de Hamilton era recaudar. La joven rep�blica, con un Gobierno federal d�bil, carec�a del apoyo pol�tico y la capacidad administrativa necesarios para un impuesto sobre la renta y necesitaba recaudar impuestos sobre las mercanc�as que transitaban por los puertos.Los aranceles proteg�an la industria manufacturera, pero se manten�an relativamente bajos y no se desalentaban las importaciones. El uso expl�citamente proteccionista de los aranceles para restringir las importaciones lleg� m�s tarde, en el siglo XIX. Esto dio lugar a constantes conflictos entre la agricultura, que en ese momento era altamente competitiva a nivel internacional y deseaba mantener los aranceles bajos, y la industria manufacturera, que tem�a la competencia de Reino Unido y buscaba protecci�n.El arancel McKinley de 1890, si bien tristemente c�lebre por su desastroso resultado pol�tico —los republicanos sufrieron una aplastante derrota electoral dos a�os despu�s—, se enmarcaba en la tradici�n proteccionista manufacturera de finales del siglo XIX. La invocaci�n que hace Trump de este arancel como parte esencial del crecimiento industrial estadounidense es err�nea: Irwin demuestra que, en todo caso, los aranceles frenaron el desarrollo de la industria manufacturera.El episodio verdaderamente infame del proteccionismo fue la Ley Smoot-Hawley de 1930, a la que se le atribuye haber desencadenado una espiral global de aranceles que agrav� la Gran Depresi�n. Ni siquiera Trump intent� reivindicarla como inspiraci�n hist�rica. Ocurri� casi por casualidad: un modesto aumento de aranceles propuesto para apoyar la agricultura llev� a los fabricantes a a�adir sus propias medidas de protecci�n. La situaci�n se descontrol� por completo y provoc� una feroz represalia por parte de los socios comerciales, lo que tom� al Congreso por sorpresa. (Eso, como m�nimo, fue un presagio de lo que le ocurrir�a a Trump, quien aparentemente no anticip� la respuesta, de China en particular, a sus aranceles).A ello le sigui� un largo per�odo de eliminaci�n gradual de los aranceles de la era de la Depresi�n, iniciado por Franklin D. Roosevelt y continuado en un contexto multilateral, a pesar de algunos tropiezos proteccionistas bajo Richard Nixon y Ronald Reagan. Para cuando Trump fue elegido en 2016, el descontento estadounidense con el comercio y la globalizaci�n sin duda iba en aumento, consecuencia del auge de China, pero su desviaci�n hacia la excentricidad proteccionista fue bastante extraordinaria.La pol�tica comercial de Trump es un desastre porque intenta lograr los tres objetivos expuestos por Irwin y varios otros a la vez. Quiere que los ingresos arancelarios reemplacen el impuesto federal sobre la renta. Eso no s�lo es absurdo, dado el tama�o del Estado moderno, sino que tambi�n contradice enormemente su deseo de proteger a las industrias favorecidas y negociar una reducci�n de los aranceles de otros pa�ses. Por definici�n, los aranceles no pueden generar ingresos si se impiden las importaciones o si se reducen en un acuerdo rec�proco. La industria manufacturera estadounidense sigue perdiendo empleos: Trump, como un m�dico medieval que intenta reanimar a un enfermo, contin�a aplicando sanguijuelas.La impopularidad pol�tica de sus aranceles ha obligado a Trump a parar, por ahora. Su pr�ximo paso es una inc�gnita. Pero haga lo que haga, sin duda encontrar� alg�n aspecto de la compleja y contradictoria historia de la pol�tica comercial estadounidense que podr� usar err�neamente para justificar sus pol�ticas.� The Financial Times Limited [2026]. Todos los derechos reservados. FT y Financial Times son marcas registradas de Financial Times Limited. Queda prohibida la redistribuci�n, copia o modificaci�n. EXPANSI�N es el �nico responsable de esta traducci�n y Financial Times Limited no se hace responsable de la exactitud de la misma.