Dentro de pocos días tendrá lugar la cumbre de la OTAN en Ankara. Recuerdo otra cumbre de la OTAN que se celebró en Estambul en 2004, a la que yo asistí. En ella, España aceptó participar en la operación de reconstrucción de Afganistán, poco después de haberse ido de Irak sin coordinarlo previamente con EEUU, lo que provocó una crisis bilateral con Washington. Hoy las relaciones tampoco están en su mejor momento, tras la negativa de Pedro Sánchez a incrementar el gasto de defensa hasta el 5% deseado por Trump. También se ha negado a apoyar las acciones militares de EEUU en Irán, en una decisión que ha sido seguida después por otros aliados europeos. El desencuentro sobre Irán y las medidas anunciadas por Washington para reducir su despliegue militar en Europa han calentado el ambiente previo a la cumbre. Pero la cuestión va mucho más allá. En Ankara, Europa deberá hacer frente a los problemas que derivan de su dependencia defensiva de Estados Unidos, que a su vez genera dependencia política. La Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial tuvo que enfrentarse en la postguerra a la amenaza de una Unión Soviética que estaba extendiendo su control sobre Europa del Este. Para poder hacerlo, debió someterse a la protección militar de EEUU. Cuando su economía mejoró no hizo nada por cambiar la situación. El proyecto de una Comunidad Europea de Defensa fracasó en 1954 por la negativa de países clave como Francia a integrar su defensa nacional en una defensa común europea. Al cabo de los años, los países europeos cayeron en una especie de adicción a la dependencia de Estados Unidos. Tenía sus ventajas, porque les permitía gastar menos en armamento y más en servicios sociales. Pero al dejar su defensa en manos de Estados Unidos, Europa renunció también a su soberanía. TE PUEDE INTERESAR Opinión Mientras existió una sintonía de fondo entre la política de EEUU y la europea, las consecuencias de esa dependencia parecían manejables. Pero con Trump la cosa ha cambiado. Parece estar más de acuerdo con Putin que con los europeos sobre la manera de abordar la situación creada por la guerra en Ucrania. Amenazó con invadir Groenlandia para arrebatársela a Dinamarca, un miembro de la OTAN. Ha insultado a sus aliados por no apoyar sus ataques a Irán, que inició sin consultarles previamente, y que han sido un verdadero desastre. Los países europeos nos hemos dado cuenta de que no podemos permitirnos el lujo de seguir dependiendo militar y políticamente de Trump. Si no somos capaces de defender nuestro modelo de sociedad, nuestros valores democráticos y nuestros intereses, todo eso puede desaparecer en cualquier momento. Antes esos valores los defendía también Estados Unidos, pero ya no es así. No podemos fiarnos de Trump. TE PUEDE INTERESAR Tampoco tenemos derecho a exigir que otros nos defiendan. ¿Por qué razón tendría que hacerlo Washington? Debemos hacerlo nosotros mismos. Trump tiene razón al exigírnoslo. Tenemos los recursos necesarios para ello. Europa tiene el triple de población y de gasto en defensa que Rusia. Su PIB es ocho veces mayor. Y sin embargo nos sentimos vulnerables frente a Rusia. Algo estamos haciendo mal. Los europeos necesitamos acabar no con la alianza, pero sí con la dependencia de EEUU. Pero eso no es nada fácil. Exige en primer lugar gastar más en defensa —también España, que de hecho ya ha empezado a hacerlo—, y sobre todo realizarlo de forma más coordinada. De nada vale tener más tanques o más aviones si no se ponen al servicio de una política exterior y de defensa común. Hace poco, tras el fracaso del avión de combate que Francia, Alemania y España iban a construir conjuntamente, el canciller alemán Merz declaró que Francia necesitaba un avión que pudiera aterrizar en un portaaviones y llevar armas nucleares, y que esas no eran las necesidades de Alemania. Pero ese es justamente el problema. Los proyectos de armamento conjuntos se han planteado en función de las necesidades de cada país concreto, no las de Europa en su conjunto. TE PUEDE INTERESAR Hacerlo así exigiría una integración defensiva y política, porque las necesidades europeas solo pueden definirse en función de unos objetivos defensivos y políticos previamente acordados. Pero integrar la política de defensa y la política exterior significa tocar el nervio más sensible de la soberanía, porque una y otra afectan a la identidad de cada país. Suponen dar una respuesta europea y no española o francesa a preguntas como: ¿Quién soy yo? ¿Qué debo hacer? ¿Cuáles son mis intereses fundamentales? Si un país de la UE es atacado por Rusia, ¿debo mandar a mis soldados a defenderlo? Esas son las cuestiones que Europa apartó a un lado durante décadas, y que ahora han regresado y están sobre la mesa. La UE ha dado pasos muy significativos hacia la integración, como la moneda única o el espacio Schengen, pero mantiene la regla de la unanimidad en los asuntos de defensa y de política exterior. Además, la UE no se concibió como un Estado, sino como una fórmula para acabar con las guerras entre Francia y Alemania. El enorme éxito de esa fórmula ha sido el que ha generado la demanda de una mayor integración. Ahora ha surgido otro motivo, la situación de fragilidad en la que se encuentra Europa tras el colapso del orden internacional que hizo posible durante varias décadas su estabilidad y su prosperidad. No solo depende de las decisiones de Trump, sino que tiene una marcada vulnerabilidad defensiva ante Rusia, y una no menor vulnerabilidad económica y comercial ante China. El fin del orden internacional creado en 1945 y 1989 ha puesto en evidencia sus vergüenzas. TE PUEDE INTERESAR Ante esas amenazas, los países europeos por separado no pueden hacer mucho. Pero si se unen tienen la masa crítica necesaria para poder convertirse en un actor relevante. Recientemente han dado pasos importantes asumiendo un papel central en el apoyo a Ucrania tras la invasión de Rusia. También fue significativo que algunos de ellos —entre los que no estaba España— enviaran contingentes militares a Groenlandia tras las amenazas de Trump. Por eso todas esas cuestiones complicadas han vuelto a estar ahora sobre la mesa. Por eso también es una mala noticia que España no haya participado en la reunión mantenida en Berlín por los principales países europeos para preparar la cumbre de Ankara. Allí estaban el Reino Unido, Alemania, Francia, Italia y Polonia, pero no España. España es un gran país europeo y no puede permanecer al margen de la toma de decisiones en un tema tan vital como los esfuerzos de Europa para reducir su dependencia de Washington. Pensar que podemos permitirnos el lujo de hacerlo es engañarnos a nosotros mismos. Un misil hipersónico ruso tarda unos pocos minutos más en alcanzar Madrid o Barcelona que Varsovia. Dentro de pocos días tendrá lugar la cumbre de la OTAN en Ankara. Recuerdo otra cumbre de la OTAN que se celebró en Estambul en 2004, a la que yo asistí. En ella, España aceptó participar en la operación de reconstrucción de Afganistán, poco después de haberse ido de Irak sin coordinarlo previamente con EEUU, lo que provocó una crisis bilateral con Washington.