Mark Rutte, secretario general de la Alianza Atl�ntica, ha afirmado que la Cumbre de Ankara consagrar� la OTAN 3.0. Con esta expresi�n alud�a a una primera OTAN, propia de la Guerra Fr�a, cuya funci�n central fue la contenci�n y la disuasi�n de la Uni�n Sovi�tica. Entre 1991 y 2022 habr�a existido una OTAN 2.0, orientada a misiones de paz, intervenciones fuera del espacio euroatl�ntico y gesti�n de crisis. La OTAN 3.0 nace de la en�sima crisis transatl�ntica, de la guerra en Ucrania y del aumento de la rivalidad entre grandes potencias en un orden internacional cada vez m�s fragmentado.El tel�n de fondo de la cumbre es la guerra de Ir�n y las amenazas de Donald Trump de anexionarse Groenlandia. Son hechos que han alimentado la desconfianza en las dos orillas del Atl�ntico. Desde la creaci�n de la OTAN en 1949, han existido dos fuentes estructurales de tensi�n que han amenazado su existencia. La primera es el reparto de cargas. Ya en 1963, el presidente Kennedy acus� a los europeos de gastar demasiado poco en su defensa y de beneficiarse en exceso de la protecci�n estadounidense. Esta queja forma parte del ADN transatl�ntico. La segunda es el problema de las operaciones fuera del �rea cubierta por el tratado. Los aliados nunca han compartido una visi�n clara sobre cu�ndo una amenaza exterior afecta al conjunto de la Alianza ni sobre si una operaci�n impulsada por uno o varios miembros debe ser considerada responsabilidad colectiva. Suez, Vietnam, Irak, Libia, Ucrania e Ir�n aparecen como episodios de un mismo patr�n.La Cumbre de Ankara debe responder a tres cuestiones clave. La primera es la reducci�n gradual de la presencia estrat�gica de EEUU en Europa, vinculada al reparto de gastos y responsabilidades. La segunda es articular una industria europea de defensa capaz de reducir su dependencia del armamento estadounidense y de sustituir, llegado el caso, su ausencia. La tercera es la guerra en Ucrania, por ser la principal amenaza para la estabilidad, la seguridad y la defensa europeas. Las tres cuestiones est�n interconectadas. Ninguna puede resolverse de forma aislada, porque todas remiten a dos preguntas: �puede OTAN sobrevivir a una relaci�n transatl�ntica con menor compromiso de Washington? Y �qu� tipo de arquitectura de seguridad europea surgir� como nuevo modelo?Ante este escenario se abren tres posibilidades. La primera es reforzar el pilar europeo dentro de la OTAN. Consiste en asumir que la defensa europea debe crecer, pero no contra la OTAN ni al margen de ella, sino dentro de sus estructuras pol�ticas y militares. Implicar�a que los aliados europeos aportaran m�s fuerzas, munici�n, defensa a�rea, movilidad militar y una base industrial m�s s�lida. Esta v�a exige una transici�n ordenada hacia la OTAN 3.0. EEUU mantendr�a el paraguas nuclear y las capacidades estrat�gicas esenciales, mientras Europa asumir�a una parte mayor de la defensa convencional del continente. Ser�a una OTAN m�s equilibrada y menos dependiente de Washington, pero no emancipada de EEUU. El problema es que esta opci�n exige una disciplina pol�tica que Europa no siempre ha demostrado. Requiere inversi�n sostenida, coordinaci�n entre Estados con culturas estrat�gicas e intereses distintos y aceptaci�n ciudadana de que la seguridad tiene costes.La segunda posibilidad es una defensa europea separada de la OTAN. Esta opci�n suele presentarse bajo el lenguaje de la autonom�a estrat�gica o de la soberan�a europea. Sin embargo, convertir esa aspiraci�n en una alternativa real a la OTAN plantea enormes dificultades. La UE no dispone de una estructura militar equivalente a la de la Alianza, ni de una cultura estrat�gica com�n, ni de una disuasi�n nuclear integrada, ni de los habilitadores que EEUU sigue aportando: inteligencia, vigilancia, transporte estrat�gico, defensa antimisiles, capacidades espaciales, mando y control, y poder de fuego de largo alcance. Una defensa europea separada podr�a convertirse en una promesa m�s ret�rica que operativa, generar duplicidades institucionales, tensiones entre aliados y una falsa sensaci�n de autonom�a. Adem�s, no todos los europeos entienden la defensa europea del mismo modo, aunque hablamos de la defensa de 360 grados. Para el flanco oriental, la garant�a estadounidense sigue siendo insustituible frente a Rusia. Para Francia, la autonom�a europea tiene una dimensi�n de poder y soberan�a. Para Alemania, sigue condicionada por su cultura estrat�gica, su pol�tica interna y su modelo industrial. Para Espa�a, Italia o los pa�ses del sur, la amenaza rusa convive con desaf�os en el Mediterr�neo, �frica o el Sahel.La tercera posibilidad es la m�s peligrosa: el minilateralismo, la fragmentaci�n o incluso la cantonizaci�n de la OTAN. Una de las funciones principales de la Alianza ha sido la pacificaci�n de Europa. Al crear una alianza militar entre pa�ses que durante siglos hab�an guerreado entre s�, impidi� el regreso de la guerra entre sus miembros. Si la OTAN no logra articular una transici�n ordenada, los Estados no volver�n a guerrear, pero s� podr�an organizar su seguridad en grupos reducidos, seg�n geograf�as, amenazas y afinidades pol�ticas. Ya existen formas de cooperaci�n minilateral; reflejan la desconfianza hacia EEUU, hacia la UE y su capacidad militar y solidaridad para defender a sus miembros. Entonces, la Alianza, que nunca fue solo una simple suma de sus miembros, podr�a convertirse en una suma de cantones estrat�gicos: los b�lticos y Polonia mirando a Rusia, Turqu�a gestionando su agenda regional, los mediterr�neos preocupados por el sur, Francia impulsando una autonom�a selectiva y Alemania oscilando entre liderazgo econ�mico y prudencia militar.Para Espa�a, la transformaci�n de la OTAN supone oportunidades y riesgos. El surgimiento de din�micas subregionales centradas en el norte y el este de Europa, as� como de formatos de cooperaci�n restringidos entre pocos actores, podr�a modificar los cauces tradicionales de influencia y toma de decisiones. En ese contexto, la participaci�n espa�ola no puede darse por asegurada, como tampoco la incorporaci�n de sus sensibilidades estrat�gicas ni de sus prioridades nacionales.Asimismo, la reactivaci�n de la defensa europea ofrece una oportunidad para fortalecer la base tecnol�gica e industrial espa�ola, pero tambi�n entra�a el riesgo de que los principales ejes de cooperaci�n, financiaci�n e inversi�n se estructuren alrededor de consorcios liderados por otros Estados miembros. Por ello, resulta imprescindible definir qu� lugar debe ocupar Espa�a en los debates sobre el futuro de la OTAN, el desarrollo de la defensa europea y la formaci�n de nuevas coaliciones de seguridad en el continente. Para ello necesitamos un consenso nacional, que no existe, sobre nuestras prioridades.La Alianza ha sobrevivido durante los �ltimos 77 a�os porque era funcional, formaba parte del inter�s estrat�gico estadounidense y porque el resto de sus miembros considera que la alternativa ser�a peor. Se mantiene porque sus miembros calculan que los costes de abandonarla ser�an mayores que los costes pol�ticos de sostenerla. Esa l�gica ha resistido las crisis permanentes de la OTAN, y acabar� probablemente sobreponi�ndose a la crisis actual.La ret�rica de la adaptaci�n y la transformaci�n ha acompa�ado siempre a la OTAN, algo comprensible por sus frecuentes crisis. Pero la diferencia actual es que el tiempo de la ambig�edad se ha agotado. Europa ya no puede limitarse a declarar que debe hacer m�s. Debe demostrar que puede hacerlo. Y EEUU ya no puede limitarse a pedir a los europeos que gasten m�s. Debe aclarar si quiere una transici�n ordenada hacia una Alianza m�s equilibrada o si prefiere una OTAN que ya no refleje sus intereses estrat�gicos, con todas las consecuencias pol�ticas que ello implicar�a.Mira Milosevich es investigadora principal de Real Instituto Elcano y escritora