Sin sospechar que aquel viaje marcaría el rumbo de su vida, Ian Gibson (Dublín, 1939) llegó por primera vez a España en el verano de 1957. En aquel primer contacto descubrió la poesía de Antonio Machado y una fascinación que ya no le abandonaría. “No sabía nada de la Guerra Civil”, recuerda, “pero me fui enterando poco a poco y me aterró observar a los grises y ver el miedo en la gente”. Su curiosidad se transformó en una obsesión intelectual y vital.Así surgió una de las trayectorias más influyentes del hispanismo contemporáneo. Gibson encontró en los poetas una forma de comprender la complejidad histórica y cultural del país. Su investigación sobre la vida y el asesinato de Federico García Lorca marcó un antes y un después en entender la Guerra Civil y sus heridas. Su trilogía sobre él, o ensayos como Paracuellos: cómo fue, han contribuido a rescatar la memoria de un país que, en sus propias palabras, “es especialista en repetir errores”.Entre otros, ha recibido reconocimientos como la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, el Premio James Tait Black Memorial o el Premio Comillas en 2023. Pese a las distinciones, Gibson mantiene una mirada crítica, sin complacencia. De niño, confiesa, fue “un pequeño monstruo, un rebelde feroz”, criado en un ambiente puritano contra el que se insubordinaba. Hoy, reflexiona con la lucidez que le caracteriza. “Cada vez me doy más cuenta de que apenas sé nada”, confiesa.Su mirada sigue activa en la novela gráfica Vida, obra y martirio de Federico García Lorca, realizada junto al ilustrador Quique Palomo. El proceso creativo ha sido un diálogo constante entre palabra e imagen. “Quique ha tenido que digerir mis voluminosos libros”, señala Gibson, “y una y otra vez me ha impresionado, hasta asombrado, por sus intuiciones”. El resultado es una obra que le ha permitido descubrir matices del poeta e incluso han despertado en él ganas de investigarle más.Usted nació en Irlanda. ¿Cómo recuerda su infancia y cómo era usted de niño?Era un pequeño monstruo, un rebelde feroz, sobre todo contra mi madre, dispuesto a defenderme hasta la muerte. Eran protestantes, puritanos; todo está prohibido. Lo cuento, con pelos y señales, en mi pequeña autobiografía Un carmen en Granada.¿Cómo fue su primer contacto con nuestro país, y qué fue lo que más le cautivó entonces?Vine por primera vez en julio de 1957. Asistí a un curso de verano en Madrid para empezar a aprender el idioma, con viajes fuera, incluida la Segovia de Antonio Machado. Disfruté una primera lectura de poemas de Campos de Castilla, que me impresionaron, y de Rubén Darío, cuyo Azul… me impactó, sobre todo el poema, tan erótico, Primaveral.¿Qué España encontró cuando llegó por primera vez?No sabía nada de la Guerra Civil, de Franco, pero me fui enterando poco a poco y me aterró observar a los ‘grises’. La gente tenía mucho miedo. Lo de Lorca vino después, con la intención de dedicar mi tesis doctoral a las raíces telúricas de la obra.Lee tambiénDesde aquella primera España a hoy, ¿en qué cree que más hemos cambiado como sociedad?España desde hace siglos no es, desde mi punto de vista, el país que podría ser: o sea, un país capaz de reconocerse mestizo, de comprender que aquí hay una profunda mezcla de sangres y que no debería ser un problema para nadie. Pero que lo es y lo sigue siendo. Tal actitud es de una infantilidad monumental. Si comparamos los artículos de Mariano José de Larra, que se suicidó desesperado del país en 1837, con Luces de bohemia de Valle-Inclán, casi un siglo después, vemos que aquí no ha cambiado casi nada. Lo expresó perfectamente Estanislao Figueres, presidente inaugural de la Primera República (de la cual, por lo visto, no se acuerda nadie), cuando dimitió al poco tiempo de acceder al poder, diciendo en el Congreso: “Me voy, señores, porque estoy hasta los cojones de todos nosotros”, incluyéndose. Y se fue a París.¿Qué episodios de nuestra historia cree que deberíamos recordar, para evitar repetir errores?España, lo siento, es especialista en repetir errores. En perder una y otra vez el tren. Y ahora mismo es capaz de hacerlo otra vez.Acaba de recuperar, junto al ilustrador Quique Palomo, Vida, obra y martirio de Federico García Lorca, una novela gráfica sobre el gran poeta. ¿Qué le llevó a contar la vida de Lorca en este formato?Poco a poco fui dándome cuenta del enorme potencial cultural y didáctico del cómic como medio de comunicación en una sociedad cada vez más digitalizada y más dominada por el teléfono móvil y sus múltiples facetas. Fue mi agente barcelonesa Silvia Bastos quien tuvo la corazonada de ponerme en contacto con Quique Palomo y su trabajo. Nos llevamos estupendamente desde el primer momento, siendo muy diferentes, y empezamos. Toda una aventura. Ya van cuatro cómics y espero que haya otro.España desde hace siglos no es el país que podría ser, o sea, un país capaz de reconocerse mestizo; tal actitud es de una infantilidad monumentalIan Gibson¿Qué cree que aporta la novela gráfica frente a una biografía tradicional?La manera de ver, de narrar, de Quique me ha ayudado a captar matices que antes se me escapaban. Y hasta de suscitarme ansias de empezar a investigar algún aspecto.En un momento en el que nuevas generaciones se acercan a Lorca desde otros códigos, ¿cree que esta novela gráfica puede funcionar como puerta de entrada a su obra?No me cabe la menor duda. ¿Quién, hoy, va a leer una biografía de mil páginas? Bueno, ¡a veces alguien lo ha hecho después de disfrutar, primero, el cómic! Esto, cuando ocurre, me produce una satisfacción inmensa. Sabemos, por otro lado, que nuestros cómics se utilizan en clase y ayudan a los profesores.Recientemente, han premiado como mejores directores de cine en Cannes a Javier Calvo y Javier Ambrossi por La bola negra, que parte de una obra inacabada de Lorca. ¿Tienes ganas de ver la película?Primero, mi enhorabuena a los Javis. Confieso que no sabía nada de ellos hasta hace tres o cuatro meses. Ahora voy sabiendo. Los he estado buscando en los medios, viendo algo de sus trabajos y peripecias. Uno de ellos me acaba de decir que nos veremos pronto y me ha expresado la admiración que le suscita mi obra. ¡Claro que me complace! No he visto la película todavía, ¡pero tengo unas ganas!Ian Gibson junto al ilustrador Quique Palomo. CedidaLos Javis han dicho que Lorca fue alguien asesinado “por rojo y maricón”. ¿Qué le pareció esta declaración?Les diré que el hecho de ser homosexual no fue el motivo principal del magnicidio, sino una entre una docena o así de denuncias. El documento no ha sido localizado, pero uno de los hermanos de Luis Rosales, José, lo vio. Me imagino que fue destruido por los franquistas, como tantos millones de papeles, al ver que se les acababa la cholla, o parte de ella. El motivo era sobre todo político. Lorca había sido muy valiente a la hora de denunciar el fascismo en general y el granadino en particular, y fueron a por él sin perder un momento. Decían incluso que en la Huerta de San Vicente, la casa familiar situada en la linde de la ciudad con su Vega, el poeta tenía, oculta en el gran piano, una emisora ¡con la cual estaba en contacto con los rojos en Moscú! Todo valía para quitarle de en medio. El ex diputado de la CEDA, Ramón Ruiz Alonso, a mi juicio el principal responsable del crimen, dijo que el poeta había hecho “más daño con la pluma que otros con la pistola”.Usted ha dedicado gran parte de su vida a investigar su asesinato… ¿Qué cree que aún no se ha entendido del todo sobre lo que ocurrió en 1936? ¿Cree que se ha despolitizado o edulcorado realmente la figura de Lorca para hacerla más cómoda?Minimizar su compromiso político, algo de eso ha habido. Repito que la motivación principal fue política, pero también pudo influir la envidia, la ‘malafollá’ granadina contra quien triunfa fuera, gana dinero, sale en los periódicos… Tenía todo, absolutamente todo, en contra en aquel momento. Su padre, rico terrateniente de la Vega, tampoco carecía de enemigos; había sido teniente alcalde de la ciudad años atrás con los liberales.Vivimos un momento de polarización y de auge de discursos de ultraderecha. ¿Cómo interpreta este fenómeno desde su mirada de historiador? ¿Ve paralelismos entre el clima social actual y algunos momentos del pasado?Estamos viendo el resurgir del fascismo por todos lados, hasta en Gran Bretaña con el infame Nigel Farage y sus huestes, ¡quién lo diría! En Alemania e Italia, sin ir más lejos. La ignorancia de los españoles jóvenes acerca de la historia es brutal, la reciente incluida. ¡Cuarenta años de fake news, con indecentes como Ricardo de la Cierva —historiador y exministro de Cultura— al mando! Y luego una transición fallida. Felipe González y los suyos tienen mucha culpa. Con su mayoría absoluta y catorce años en el poder, podían haber quitado por lo menos los símbolos fascistas. Pero no se atrevieron. Y luego la farsa del lema ‘De entrada, no’, referido a la OTAN. O sea, de entrada no, pero luego veremos. Causó un profundo desgarro en el seno del PSOE.A nivel personal, ¿cuál considera que ha sido su mayor aprendizaje, el más importante?Comprender que tenía que luchar tanto contra el imperialismo como el nacionalismo cerril. Yo me siento irlandés, francés (es mi segundo idioma), español, europeo. Hay algo de sangre alemana también, olé. Un día me haré un test de saliva a ver si descubro más, aunque tampoco me importa a estas alturas.Me duelen todos los libros que quisiera poder leer y que no leeré nunca, y me moriré con el dolor intacto de no saber griegoIan Gibson¿Cómo se cuida, tanto física como mentalmente, para seguir activo intelectual y vitalmente?Teniendo un proyecto cautivador y andando todo lo que pueda.Ha dedicado décadas a estudiar, escribir y pensar. ¿Siente que la vejez le ha dado más claridad o, por el contrario, más dudas sobre la historia y sobre la vida?Cada vez me doy más cuenta de que apenas sé nada. Y así es. Me duelen todos los libros que quisiera poder leer y que no leeré nunca. También, claro, los que me gustaría releer. Y me moriré con el dolor intacto de no saber griego porque en mi colegio privado no existía la asignatura. ¡Ignorantes, traidores! Apenas les perdono.¿Qué aporta el pasar de los años, o qué quita, si procede?Vas sabiendo más cosas, conociendo a interesante gente nueva, pero el final es tan inevitable que no hay consuelo, ni tampoco hace falta. ¡Viva el estoicismo! Supongo que para los creyentes es más llevadero. Tengo siempre dentro de mí la poesía de Antonio Machado, además de la del gran Federico. He visitado varias veces su tumba, y la de su madre, en Colliure, y he llorado de pena y de gratitud. Él tenía, decía, en su ‘altar’ a Jorge Manrique. Yo también: “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar / que es el morir…”Lee tambiénEsta sociedad obsesionada con la juventud, ¿qué le hace pensar?Miro a mi alrededor. Veo que todos van andando muy de prisa, hablando, hablando, siempre con el móvil en la mano y narcisismo extremado, enviando selfies… Es decir: yo, yo, yo. La vertiginosidad de esta sociedad me saca de quicio.Mirando atrás, ¿hay algo que habría hecho de forma distinta? ¿Siente que su trayectoria ha sido coherente con quien quería usted ser?Lo de ser fiel a uno mismo… Es lo que en Hamlet le dice Polonio a su hijo, que se va a Inglaterra: “Sobre todo, sé fiel a ti mismo y así no podrás engañar a nadie”. He tratado de llevar este consejo a la práctica, pero muchas veces he fallado. En el fondo, me considero un desastre humano más.¿Qué le sigue ilusionando hoy, qué le mantiene intelectualmente curioso?Me está salvando mi proyecto de escribir un libro titulado James Joyce, España y ‘Celtilandia’. Actualmente me está fascinando el país de Gales, del cual los ingleses no tienen idea. Tampoco saben que allí medio millón de personas son bilingües en celta e inglés. En mi libro habrá mucha Galicia, no podía ser de otra manera, y no poco Portugal, diosa celta incluida.¿Cómo se lleva con la tecnología, las redes sociales o la Inteligencia Artificial, tanto en la vida personal como para el trabajo?Las llevo fatal, soy analógico y no puedo ni quiero adaptarme. ¿IA? Sé que está por todos lados y que estará cada vez más. Pero me da igual.Si pudiera hablar con el joven que fue cuando llegó por primera vez a España, ¿qué le diría?Más o menos en broma le diría: ‘¡Dedícate a otro tema menos conflictivo!’ España es muy complicada, te puede traer problemas. Es un crisol de culturas, de Oriente y Occidente, y no solo no lo parecen saber sus habitantes, sino que las derechas, las de siempre, lo niegan. En tu lugar, optaría por la poesía simbolista francesa, por ejemplo, con Paul Verlaine a la cabeza.¿Cuál es el mejor consejo que le han dado y que sigue aplicando hoy?Respira diez veces hondo, despacio, cuando sientes la tentación de enfadarte o de perder la paciencia. Y recordar, como dice [Andreu] Buenafuente, que reírse es la única salida.
Ian Gibson, historiador, 87 años: “Soy analógico y no puedo ni quiero adaptarme; sé que la IA está por todos lados y cada vez lo estará más, pero me da igual”
Escritor y testigo de la evolución cultural española, Gibson ha dedicado su vida a estudiar e investigar a Lorca y la memoria de la guerra civil española con rigor y compromiso







