En 1969 el historiador del arte británico Kenneth Clark presentó para la BBC la serie Civilisation, una mirada sobre el arte de Occidente que pronto se convirtió en libro. Cuando lo leí, me sorprendió que se había olvidado casi por completo del arte español, al considerarlo ajeno a la tradición artística europea. Pasa lo mismo con Ernest Gombrich, otro pope; en su manual de historia del arte solo cita los imprescindibles. Me he pasado años buscando una explicación a la amnesia hispánica de Clark. Podría pensar que su visión es personal y no pretende ser exhaustiva, que en su particular narrativa los logros del arte italiano y francés son más importantes que los españoles, pero ninguna me ha parecido suficientemente convincente. He tardado casi cuarenta años en encontrar una respuesta. La descubrí llevando el arte español por el mundo y comprobando hasta qué punto sigue siendo desconocido fuera de nuestras fronteras. En el mapa artístico europeo de Clark simplemente no existe porque apenas lo conocía, y nadie puede valorar aquello que ignora. Mi reflexión gira, pues, en torno a por qué el arte español es tan poco conocido y valorado fuera de nuestras fronteras. A mi juicio, la situación obedece a varias causas. La principal es la histórica falta de promoción a través de exposiciones y publicaciones que vayan más allá de nuestras fronteras. La paradoja de Mariano Fortuny lo ilustra bien; uno de los grandes pintores europeos del siglo XIX, es hoy más conocido internacionalmente como el padre de Mariano Fortuny Madrazo, su hijo, célebre por su museo en Venecia. Tampoco ayuda la barrera lingüística: muchos catálogos de exposiciones españolas siguen sin traducirse al inglés. La segunda causa es el proteccionismo. Nuestra ley de patrimonio dificulta el equilibrio entre la protección de las obras y su circulación internacional. Necesitamos una legislación más proporcionada, cercana a la de países como Francia, que permita que el arte español llegue a museos e instituciones de todo el mundo. Es mejor que una obra española se exhiba en un gran museo internacional que permanezca almacenada en uno nacional. Y la tercera, y quizá la más importante, es que no acabamos de creer en su bondad. Ya sé que competimos con países de nuestro entorno como Italia, excelsa en el Renacimiento, o Francia, con el Impresionismo. Pero deberíamos valorar nuestro arte desacomplejadamente sabiendo que es tan bueno como el mejor, solo que desconocido y, por tanto, infravalorado. No puede ser que un cuadro de Ramon Casas o de Antoni Tàpies se venda por un cero menos que uno de sus contemporáneos Giovanni Boldini o Alberto Burri. ¿Son Burri y Boldini diez veces mejores que Casas y Tàpies? Por supuesto que no, pero han estado diez veces mejor promocionados.En los últimos años ha habido una estrategia política de promoción de nuestro arte como no se había hecho antes. Las creaciones de nuevos museos o de instituciones como el Instituto Cervantes son hitos significativos que han ayudado mucho a difundir el arte y la cultura española en el mundo. También se han organizado grandes exposiciones internacionales de nuestros artistas en los últimos tiempos que ha ayudado a reforzar la relevancia de nuestro arte en el circuito internacional. La presencia de expositores españoles en las grandes ferias internacionales —TEFAF Maastricht y Art Basel, sobre todo— también ha sido un vehículo potente para que nuestro arte tenga presencia.Pero queda mucho por hacer. Se me ocurren algunas ideas: invertir en marketing y promoción para dar visibilidad a nuestros artistas y atraer museos y coleccionistas; organizar exposiciones internacionales en las que nuestros artistas dialoguen con los extranjeros, pero que se vean precisamente en museos como el de Orsay más que en el Reina Sofía; fomentar las colaboraciones entre artistas extranjeros y españoles a través de festivales, ferias y eventos clave; encontrar una fiscalidad que trate el arte como lo que es, cultura, de modo que los profesionales consigamos un IVA cultural reducido y no tengamos que pagar tasas de exportación a países no comunitarios; en definitiva, que España no sea una excepción cultural en el panorama europeo, y podamos competir en las mismas condiciones que nuestros colegas para promocionar nuestros artistas. Desde Altamira a Barceló, pasando por las pinturas románicas de Taüll, el gótico internacional, el Renacimiento levantino y leonardesco, Berruguete y Juan de Flandes, El Greco, los grandes nombres del Barroco, con Velázquez a la cabeza, y la escultura barroca, nuestras pinturas del Rococó, Goya aparte, el infravalorado arte de 1900 y la santísima Trinidad formada por Miró, Picasso y Dalí, el Paso, el Dau al Set, Antonio López… En fin, ¿qué más queremos? Pocos países pueden presumir de haber producido tantos y tan buenos frutos artísticos. Ahora solo falta saber recogerlos y promocionarlos lo mejor posible, como hacen los italianos con los suyos. Y así los futuros Kenneth Clark no se olvidarán de situar el arte español en su Parnaso particular, en su mapa artístico donde siempre hemos estado, aunque Clark, con su miopía anglosajona, no se enterase.