Mientras su cuerpo recorría las calles de Lavapiés, la mente de Ian Gibson volvía una y otra vez a la fosa de Alfacar, en Granada, donde en los últimos meses de 2009 se buscó sin éxito el rastro del poeta español más universal: Federico García Lorca.
Al tiempo que devoraba con inquietud las noticias que los medios publicaban a diario sobre la excavación, llenaba un diario minucioso para no perder detalle de aquellos meses convulsos ni de los episodios de una búsqueda que acabaría definiendo como un “despropósito”. Su libro No me encontraron (Aguilar), condensa ese periodo de obsesión y desasosiego y reconstruye una investigación que, pese a las expectativas, terminó envuelta en frustración y silencio.
Hoy, sentado en un bar de su barrio de Lavapiés, el escritor vuelve sobre aquel episodio, con la misma mezcla de lucidez y desazón que lo acompañó entonces.
Ese verso premonitorio de Lorca, “No me encontraron”, sigue siendo una realidad en 2026. ¿Qué significa para usted esta ausencia, esta herida abierta casi cien años después?
Lorca representa a todos los desaparecidos de España durante la Guerra Civil y, si quieres, del mundo entero. Es un desaparecido más en un país que tiene 115.000 víctimas de la dictadura aún sin localizar. Eso es una vergüenza. Este libro es también una diatriba, una forma de decir “esto es vergonzoso y tenéis que hacer algo”, porque un país no puede permitirse tener a más de cien mil personas asesinadas o fusiladas en cunetas.








