Bajad las armasLa maniobra diluye la soberan�a del demos espa�ol y lo encadena al bucle melanc�lico del revanchismoPedro S�nchez estrecha la mano de Merche Aizpurua.Actualizado Lunes,
junio
23:01La llamada ley de nietos es en realidad una ley de abuelos. De bisabuelos, incluso. Es algo peor que una artima�a para alterar el censo y tratar de cosechar fuera los votos que las encuestas les niegan dentro: es una ley segregada por cerebros calcificados, endurecidos por la perpetua invocaci�n de una ro�osa �pica de alpargata que horrorizar�a a quienes verdaderamente tuvieron que hacer la guerra en alpargatas.Que el antifranquismo siga siendo el mito fundacional de la izquierda espa�ola en el siglo XXI no es una necesidad hist�rica: fue una decisi�n estrat�gica para la movilizaci�n a trav�s de la nostalgia y el victimismo, con p�simos efectos secundarios sobre la convivencia. Al inclinarse por la rumia permanente de la posguerra, la izquierda se ciega la v�a a otras tradiciones bastante m�s f�rtiles, de Arg�elles a Felipe Gonz�lez pasando por Sagasta. La izquierda, que fue coprotagonista de la Transici�n, se la ha regalado entera a la derecha democr�tica. Impresiona un poco -casi escandaliza- que Felipe completase sus 14 a�os en el poder sin remover la estatua ecuestre de Franco de Nuevos Ministerios: seguramente estaba demasiado ocupado legislando el futuro como para ponerse a legislar el pasado.Pero despu�s lleg� Zapatero, que no ten�a �pica propia -ni siquiera collares ten�a por entonces-, as� que se la tom� prestada a su abuelo fusilado. Volvi� a inocular en el PSOE el virus de la memoria contra el que escribi� David Rieff. Desanduvo el camino de modernizaci�n andado durante el felipismo y sopl� en los rescoldos de los demonios familiares hasta que toda una generaci�n de nuevos pol�ticos -la de Pablo Iglesias y Pedro S�nchez- abraz� con entusiasmo la condici�n de nietos de la dictadura antes que la de hijos de la democracia.Esta mentalidad de abuelo recalcitrante de la que la peor izquierda extrae su t�xico combustible emocional est� en la ra�z de esta ley de memoria coescrita con los herederos de ETA. La elecci�n de la compa��a revela el objetivo. Ahora pretenden ganar unas elecciones presentadas como la en�sima repetici�n (de la tragedia a la farsa) del no pasar�n ensanchando artificialmente el padr�n por la gatera sentimental del exilio. El plan no deber�a indignar tanto por sus resultados (por lo dem�s inciertos) como por el fundamento tristemente incivil de una maniobra que diluye la soberan�a del demos espa�ol y lo encadena al bucle melanc�lico del revanchismo. Y a�n llamar�n conservadores a los otros.













