El debate sobre la llamada ‘ley de nietos’ ha expuesto varios problemas de la Espa�a actual, y muchos de ellos ni siquiera tienen que ver con la propia ley. En los �ltimos d�as, por ejemplo, hemos comprobado la extraordinaria influencia que ejercen los partidos en nuestro debate p�blico. Una influencia que condiciona y en ocasiones empobrece dicho debate.Hace meses que distintos medios, expertos y opinadores empezaron a llamar la atenci�n sobre el efecto que conceder la nacionalidad a descendientes de espa�oles -en virtud de una disposici�n adicional de la Ley de Memoria Democr�tica- estaba teniendo sobre el censo electoral. En este diario, tanto Josu de Miguel como Luis Miller publicaron en su d�a buenos art�culos sobre el tema, exponiendo lo que el primero se�alaba como un "problema democr�tico" y el segundo interpretaba como un desaf�o que obliga a revisar nuestra legislaci�n electoral. Sus an�lisis se basaban en datos elocuentes: 2,4 millones de extranjeros han solicitado la nacionalidad en virtud de esta ley, lo que podr�a doblar en muy poco tiempo el volumen del voto exterior. Y esos sufragios se suman a los de las circunscripciones existentes -nuestro sistema no incluye una circunscripci�n exterior-, lo que aumenta las posibilidades de que influyan en el resultado de unas elecciones generales: en las de 2023 hubo hasta 13 esca�os que se decidieron por menos de 3.000 votos. Los cuatro �ltimos comicios auton�micos, adem�s, han permitido intuir las discrepancias y tensiones que puede provocar este proceso: el PP gan� las cuatro por un amplio margen, pero fue el PSOE quien se llev� la mayor�a del voto exterior.Sin embargo, este tema no se convirti� en verdadero asunto de debate nacional hasta que el presidente del PP no denunci� en una entrevista en esRadio lo que percib�a como un proyecto de "ingenier�a electoral" por parte del Gobierno. Esto tuvo un efecto parad�jico. Por una parte, atrajo un enorme foco medi�tico sobre los efectos de la ‘ley de nietos’. Por otra parte, hizo que buena parte del debate girase en torno a lo que el PP dec�a sobre este tema. As�, Feij�o y los suyos consiguieron que todo el pa�s hablara sobre el proceso de nacionalizaciones, pero tambi�n que la pol�mica se centrara en su propia postura sobre ese tema: si hab�an empleado los t�rminos adecuados, si estaban contradiciendo posturas que antes hab�an defendido, si esta denuncia respond�a a una estrategia pol�tica…El problema aqu� no era �nicamente del PP. Los partidos -y, sobre todo, los del bipartidismo, porque es cierto que Vox llevaba tiempo denunciando los efectos de las nacionalizaciones- ejercen tal influencia sobre nuestros debates, los medios est�n tan pendientes de ellos, que muchas veces parece que el prop�sito principal de la esfera p�blica es decidir si tiene raz�n el PSOE o si la tiene el PP. Es dif�cil articular debates aut�nomos que se escapen de la l�gica partidista; cuesta abstraer temas sustanciales de los intereses pol�ticos que los ponen en la agenda. Como si el objetivo principal de hablar sobre la ‘ley de nietos’ fuese decidir si los socialistas o los ‘populares’ llevan la raz�n, y no reflexionar sobre la medida en s�. Cuando esta nos remite a cuestiones de fondo muy relevantes: la naturaleza del ‘demos’, el v�nculo -�problem�tico?- entre nacionalidad y sufragio, la manera en la que determinados derechos se pueden transmitir a los descendientes… Un debate p�blico maduro se centrar�a mucho m�s en esas cuestiones que sus derivaciones partidistas. Lo del dedo y la luna, en definitiva.Roberto Benito ha recordado, por ejemplo, que los debates sobre el voto exterior tienen una larga historia en nuestra democracia. Por razones log�sticas -las garant�as del proceso- y por razones de principio que tambi�n desarrollaba hace unos d�asAgust�n Ruiz Robledo: "Si la democracia avanz� al grito de ‘No taxation without representation’, tambi�n parece razonable sostener el principio inverso: quienes no soportan normalmente las consecuencias de las decisiones colectivas no deber�an elegir a los que las deciden". Es m�s, estas cuestiones se han planteado de forma recurrente y transversal: BNG, PNV, PSOE… formaciones muy distintas han se�alado en alg�n momento problemas en el voto exterior. Y parece claro que estos debates nunca se han resuelto del todo. M�s bien se dir�a que nuestra sociedad lleg� a la conclusi�n de que el voto exterior nunca iba a ser tan importante, tan numeroso, como para resultar potencialmente conflictivo. Y pas� a otros temas.Esto es lo que cambia, al menos en principio, el proceso de nacionalizaciones actual. Una cosa es que el voto del Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA) siempre haya existido. Otra cosa es que tuviera el volumen o la naturaleza que va a alcanzar ahora. Porque de ser, como su propio nombre indica, un voto de "residentes ausentes", est� pasando a incluir tambi�n a una cantidad muy elevada de personas que nunca han residido en Espa�a. A esto contribuye el elemento de ‘chapuza’ que muchos han se�alado estos d�as, apuntando a esa instrucci�n que interpret� la concesi�n de nacionalidades contemplada por la Ley de Memoria Democr�tica, ampliando de forma bastante arbitraria el criterio de a qui�nes deb�a aplicarse. As�, por la puerta de atr�s, sin participaci�n de los partidos ni debate social, una ley de nietos del exilio se convirti� en una ley de nietos a secas.A esta chapuza normativa se a�adi� otra administrativa, expuesta por �ngel Villarino y Ana Bel�n Ramos en El Confidencial: el volumen de solicitudes que gener� esa interpretaci�n de la ley ha colapsado nuestros servicios consulares. En el caso del consulado de Buenos Aires, el proceso de recogida de documentaci�n no se podr� finalizar antes de mayo de 2030; y luego viene lo complicado, que es revisar uno por uno los papeles y digitalizar los expedientes. Quiz� estemos ante un saludable recordatorio de que cualquier conspiraci�n gubernamental a gran escala chocar�a necesariamente con las ineficiencias de nuestra burocracia.Llegados a este punto, muchos animan a quitar hierro al asunto. S�, vienen a decir: puede que el proceso sea chapucero y problem�tico, pero lo m�s seguro es que finalmente no ocurra nada. Se se�ala que quienes est�n pidiendo la nacionalidad lo hacen, ante todo, por razones emocionales o por los beneficios de tener un pasaporte europeo, y no porque sientan un deseo irreprimible de votar en las pr�ximas elecciones. Tambi�n se recuerda que el porcentaje del voto entre los inscritos en el CERA suele ser muy bajo: en las �ltimas elecciones estuvo alrededor del 10%. Incluso si el Gobierno hubiera impulsado esta medida para obtener un beneficio electoral, se sigue diciendo, su apuesta fracasar�: los nuevos nacionalizados votar�n poco, y quienes lo hagan pueden perfectamente comportarse de una forma tan plural como el resto de espa�oles. Es cierto que, en las cuatro �ltimas elecciones auton�micas, el voto exterior ha seguido una tendencia distinta a la del resto; tambi�n lo es que esa discrepancia no ha alterado en lo m�s m�nimo el resultado.Uno puede coincidir con este planteamiento. Es m�s, si tuviera que apostar, lo har�a por que el voto exterior no determinar� las pr�ximas elecciones. Sobre todo, porque no creo que vayan a ser unos comicios muy ajustados. Pero uno puede pensar esto a la vez que piensa que las cuestiones serias no se pueden afrontar con una actitud de "seguro que al final no pasa nada". Y un censo y unas elecciones son cuestiones muy serias. Para ilustrarlo, basta con imaginar la extraordinaria pol�mica que suscitar�a que unas elecciones generales fueran decididas por el voto exterior, sobre todo si este se expresara en una direcci�n marcadamente distinta de la de los residentes, y si en �l participaran centenares de miles de reci�n nacionalizados cuyos v�nculos con Espa�a fueran muy tenues. Claro que forma parte de la naturaleza humana no ocuparse seriamente de los problemas hasta que no se manifiestan. Pero uno pensar�a que una sociedad madura es aquella que intenta superar esa tendencia.David Jim�nez Torres es profesor de Historia Contempor�nea en la Universidad Complutense de Madrid.
La 'ley de nietos', m�s all� de la lucha partidista
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