“Es un crimen cortarlo”. A un mes exacto de cumplir 85 años, Riccardo Muti interrumpió la noche del 28 de junio el concierto del Festival de Granada para defender ante un Palacio de Carlos V abarrotado el ballet de Las vísperas sicilianas, tantas veces suprimido en las producciones de esta grand opéra escrita para París en 1855. “Es la página sinfónica más importante de Giuseppe Verdi”, sentenció en italiano. Y cargó tanto contra los directores de escena, “que no saben qué hacer con este ballet”, como contra las orquestas francesas de la época, que consideraban muy difícil de tocar aquella música del “Maestro Merdì”.Lo que no contó el legendario director napolitano es que Hector Berlioz, el crítico francés más temido de su tiempo, había saludado la ópera en el Journal des Débats: “Verdi se ha elevado muy alto en esta nueva obra”. Fue en 1855. Y, con motivo de la reposición de julio de 1863, dedicó un jugoso párrafo al ballet, titulado Las cuatro estaciones, cuyo divertissement, escribió, “causó furor”: “Contiene encantadores aires de danza, sobre todo en los pasos de la Primavera y del Verano, que dan a los virtuosos de la Orquesta de la Ópera la ocasión de mostrar su talento”.Tras el concierto, le recordé a Muti aquellas palabras en su camerino. “Esto confirma lo que digo”, respondió. “Y me avala nada menos que el mayor sinfonista francés de su tiempo”. El maestro lleva décadas programando y defendiendo esta desigual alegoría sinfónica de Verdi sobre las estaciones. La dirigió el 18 de junio en el concierto en que fue nombrado primer director emérito de la Orquesta Nacional de Francia y también la incluyó el año pasado en Bari, dentro de la 35ª edición del prestigioso Europakonzert de la Filarmónica de Berlín.En Granada ofreció una lectura atenta a cada detalle de dinámica, articulación y fraseo. Su batuta exigió el máximo a los integrantes de la Orquesta Juvenil Luigi Cherubini durante el Invierno, con la evocación, en el Allegro giusto, del célebre brindis de La traviata. Pero los mejores momentos llegaron, como había anticipado Berlioz, en los dos movimientos centrales y de la mano de los solistas de viento madera. En la Primavera destacó el poético solo de clarinete, exquisitamente matizado por Davide Pellegri. Y, en la transición al Verano, brillaron tanto los burbujeantes arpegios de la flautista Elena Bertoli como la evocación del pastor, en la que el oboísta Pietro Carlotta imitó una gaita. La cuerda flaqueó en los pasajes más expuestos, aunque los violonchelos lucieron su canto en el Otoño. Muti coronó la interpretación con una poderosa tarantela y el vertiginoso galope final.La velada había comenzado con un destello aún más evidente del Verdi de Muti: la electrizante obertura de Nabucco, su primer éxito operístico, estrenado en 1842. Los metales exhibieron ya su calidad en el coral de apertura. Pero Muti apretó sobre todo en el desarrollo del tenso motivo del coro del anatema del segundo acto, al que dotó de incisividad, mordiente y pulso épico. También elevó la melodía del célebre Va, pensiero en los solistas de madera y la trompeta. Las danzas prosiguieron en la segunda parte con el homenaje a Manuel de Falla por el 150º aniversario de su nacimiento. En la segunda suite de El sombrero de tres picos, que Muti revisitó con éxito hace año y medio junto a la Sinfónica de Chicago, el director buscó su propia versión del duende español en los disciplinados jóvenes de la Cherubini. Las seguidillas de Los vecinos sonaron demasiado impresionistas y la jota de la Danza final, demasiado convencional. Lo mejor llegó con la central farruca de la Danza del molinero, donde reveló una fascinante poética, enroscada en el contraste entre lo viril y lo vulnerable.El concierto terminó con otra lectura meticulosa y bien planificada del Bolero de Ravel, que puso a prueba a los jóvenes de la Orquesta Cherubini. Es otra de las obras habituales del maestro napolitano, que abordó por última vez en enero de este año, durante una gira con la Sinfónica de Chicago. La versión se apoyó en el firme pulso de la caja y en el sostén del registro grave, impulsado por Alessandro Pizzimento desde la entrada de los contrabajos. Muti dejó fluir cada solo sin descuidar el obsesivo crescendo, que nunca sonó monolítico ni enfático, y remató la obra con un leve empujón del tempo que volvió a llevar al límite a sus músicos.A un mes de cumplir 85 años, Muti no ha perdido un ápice de autoridad ni de fe en que la danza, ya sea en Verdi, Falla o Ravel, es ante todo discurso: una cuestión de pulso, detalle y tensión sostenida hasta el último compás. La noche del 28, en el Palacio de Carlos V, volvió a demostrarlo como el más exigente de los maestros: el que pone a sus discípulos “de puntas”.75 Festival de GranadaObras de Giuseppe Verdi, Manuel de Falla y Maurice Ravel.Orchestra Giovanile Luigi Cherubini. Riccardo Muti, director.Palacio de Carlos V, 28 de junio.