Había algo casi imposible en esa imagen del minuto 94. El estadio Ciudad de México temblaba con 80 mil gargantas cuando Álvaro Fidalgo recibió el balón en la periferia del área, lo controló apenas un segundo y lo mandó al ángulo derecho de un cañonazo de primera intención. El portero checo ni lo vio. Fidalgo giró hacia la afición, extendió los brazos como quien abraza un horizonte entero y se echó a llorar.

Era el 3-0. Era el cierre perfecto de una fase de grupos perfecta. Y era, sobre todo, el remate de una historia que comenzó muy lejos de aquí, en un pueblo de Asturias donde un niño soñaba con vestir la roja.

Álvaro Fidalgo Fernández nació en Hevia, un pequeño municipio asturiano y desde niño fue pasando por canteras: el Condal de Noreña, el Real Oviedo, el Sporting de Gijón, hasta que en 2012 ingresó a La Fábrica del Real Madrid para jugar en el Cadete A. Aquel mediocampista de mirada seria y pie izquierdo educado llegó a codearse con los mejores de su generación en la Liga Juvenil de la UEFA. Durante años el destino parecía trazado: tarde o temprano, la camiseta de la selección española.

El destino, sin embargo, tenía otros planes. Fidalgo recordaba a sus ídolos con la nitidez de quien los lleva guardados en algún lugar del pecho. El primer Mundial que conserva en la memoria es el de 2002, cuando Ronaldo Nazario brilló ante los ojos de su padre. En 2006 llegó Zidane y esa semifinal contra Brasil que el propio Fidalgo describe como algo que queda grabado en la historia del futbol. Para cuando España levantó la Copa en 2010, el muchacho de Hevia ya crecía con la sensación de que algún día —de alguna manera— él también podría estar ahí.