La tribu vestida de verde danza bajo la lluvia. El gol de Álvaro Fidalgo, al minuto 90, es una señal caída del cielo, en medio de una tormenta. Son las 21.00 y el 3-0 sobre Chequia desata la euforia en Paseo de la Reforma, donde la lluvia anima una fiesta que apenas comienza. México sueña en grande, gracias a la magia de la escuadra dirigida por el Vasco Aguirre, que al fin le hace justicia a una afición acostumbrada a la derrota.El narrador que habla desde los altavoces de las 18 pantallas instaladas en el primer cuadro de la ciudad, epicentro del festejo, explica que nunca habíamos clasificado con esa racha perfecta: los tres partidos de la fase de grupos ganados, nueve puntos, seis goles a favor, ninguno en contra. Tanta perfección merece un desmadre al que no le falte nada para ser nombrado como tal. Y, por eso, la gente brinca en una avenida inundada por la lluvia que comenzó a caer desde el medio tiempo; 45 minutos de aguacero en los que ocurrió todo: el gol de Mateo Chávez, el 2-0 de Julián Quiñones, el partido perfecto de Gilberto Mora, la entrada a la cancha del legendario portero Guillermo Ochoa y el tanto de Álvaro Fidalgo que sentenció el partido.La goliza ocurre en el Estadio Azteca, ante 90.000 aficionados que no vieron caer una sola gota de agua, pero la magia aparece a 24 kilómetros, en la zona centro de Ciudad de México, ante una multitud que abarrota el Zócalo, y las tres glorietas de Reforma donde se instalaron pantallas. El Gobierno de Clara Brugada calcula que más de 800.000 personas participaron en los festejos, en medio de un chaparrón tan fuerte, que vuelve inútiles los impermeables y los paraguas. Estar empapado también se vuelve un símbolo de identidad. Al finalizar el partido, el agua ya no importa. Los padres levantan a sus hijos en hombros; las madres sueltan las manos de sus niños para que corran a brincar en el chapoteadero que rodea la columna del Ángel de la Independencia; los adolescentes corren por toda la avenida tirando espuma, gritando su felicidad a los cuatro vientos. Los vendedores de cerveza salen de sus escondites y hasta le ofrecen una a los policías que resguardan las calles que desembocan en Reforma. Se entona el Cielito Lindo, se grita México-México-México, y se escucha el clásico “el que no brinque es puto”. Se abraza a quien esté al lado, conocido o por conocer; los cuerpos se funden en una marea verde que avanza automáticamente hacia la columna coronada por la victoria alada. El alcohol corre como si no hubiera ley seca y, en medio del jolgorio, ya nadie busca refugio de la lluvia, sino un lugar en medio de la tribu, donde brincar, gritar, cantar y soñar con que esta vez no solo habrá quinto partido, sino sexto, séptimo y, por qué no, una semifinal.Siempre, en los Mundiales, se dice que México “jugó como nunca, pero perdió como siempre”. Pero esta vez, jugamos como siempre, y ganamos, como nunca. Eso lo vibra la multitud que circula alrededor del Ángel y hace temblar el suelo con sus brincos. Lo sabe Gloria, una señora de más de 40 años que llegó a las 10 de la mañana para estar cerquita de la pantalla más grande, y que se ha acercado a los festejos en el Ángel desde el Mundial de 2014, cuando Robben nos robó el sueño con una falta que no era penal. Lo intuye Mateo, un chico de 14 años que ha venido por primera vez, para sentir el Mundial en donde hay que sentirlo. Y lo asegura Gustavo, un indígena cora que viajó desde Acaponeta, Nayarit, para cumplir un ritual que ha celebrado desde hace 33 años, cuando aquí mismo, a los pies del Ángel, vio caer a México en penaltis ante Bulgaria, en el Mundial del 94.La fiesta transcurre en paz durante más de ocho horas, desde que comenzó a llegar la gente y hasta finalizar el partido. A las 10 de la noche, cuando la anhelada victoria ya es historia, la gente sigue llegando al Ángel. Algunos vienen del Azteca, el templo donde se ha consumado el milagro; otros, del Zócalo, donde el Fan Fest de la FIFA resultó insuficiente para albergar a todos, pero la mayoría ha salido de sus casas, de cantinas y restaurantes, donde vieron el partido, pero no la fiesta. Por todos lados se escuchan cornetas y cánticos, los “ay-ay-ay-ayyy” del Cielito Lindo; los “oe-oe-oe-oeee, Memoooo, Memoooo” que despiden al talismán de la portería mexicana, y los motores de motocicletas que avanzan, imprudentes, en medio del gentío. La fiesta apenas comienza, se acumulan las emociones y se piensa en grande. La gente no tiene para cuándo irse en una noche en la que nadie duerme, pero todos sueñan.
México celebra en grande su pase perfecto a la siguiente ronda del Mundial: “¡Canta y no llores!”
Más de 800.000 personas festejan en el centro de Ciudad de México desafiando un chaparrón tan fuerte que vuelve inútiles impermeables y paraguas












