Con el lema “Foc és foc”, el Govern de la Generalitat presentó la semana pasada su campaña de prevención de incendios, que este año prioriza la sensibilización de la opinión pública respecto a la responsabilidad de los ciudadanos en lo tocante a evitar los fuegos forestales y sus consecuencias; es decir, se centra en la prevención y en la autoprotección.No hace falta extenderse mucho sobre la pertinencia de esta y otras campañas similares: cae por su propio peso. La contribución ciudadana es básica para evitar buena parte de los fuegos que podrían producirse, y por ello es necesario insistir en la idea de la corresponsabilidad. Del mismo modo que lo es ampliar la conciencia sobre los riesgos asociados a los incendios, así como la difusión de unas normas de conducta personal segura en caso de que el siniestro finalmente llegue.Los episodios de temperaturas extremas que hemos experimentado a lo largo de junio no hacen sino abundar en la necesidad de la colaboración social requerida en “Foc és foc”. Pero, obviamente, la labor de la ciudadanía no es la única necesaria para afrontar este desafío. Resulta también indispensable una tarea institucional que, además de garantizar hasta donde sea posible la efectividad de los mecanismos de extinción, desarrolle una política preventiva ambiciosa. Esto último no solo pasa por una red de vigilancia atenta, capaz de dar la voz de alarma de inmediato ante el primer indicio de humo o fuego, sino por una labor previa de tipo estructural, que es la relacionada con el mejor mantenimiento posible de la masa forestal del país. Y, en ese ámbito, el camino que queda por recorrer es mucho.Son necesarias reformas estructurales profundas para mejorar la gestión de las masas forestalesUn 65% de la superficie de Catalunya está cubierta por masa forestal, y un 40% del total es masa arbolada. El pasto potencial para el fuego es, pues, enorme. Lo es, además, en una época en la que se producen ya incendios calificados como de sexta generación, en los que la capacidad de extinción de los bomberos se ve superada por la voracidad del fuego, que pone en riesgo sus vidas e incrementa los daños materiales. En los últimos cuarenta años, los grandes fuegos han pasado de devorar 345 hectáreas por hora a calcinar 800. El monte es ahora una bomba incendiaria de relojería.Por ello, en las tareas de prevención hay un capítulo inicial básico, como es la manutención en buenas condiciones de los bosques. Pero de la superficie boscosa catalana ya mencionada, solo alrededor del 30% goza hoy de esas condiciones.Las razones por las que la gestión de los bosques resulta insuficiente son varias. Entre ellas, que la mayoría de las empresas que se dedican a estas labores son pequeñas y con escasa capacidad para adquirir maquinaria que las ayude a ganar músculo. También que su número de empleados es bajo –se calcula que no llega a 3.600–, que están escasamente remunerados y que no siempre pueden contar con continuidad laboral. O, asimismo, que los productos derivados de la silvicultura suelen aportar insuficiente valor añadido y por tanto son comercialmente poco atractivos.La falta de profesionales y el escaso valor de lo que producen los bosques dificultan el objetivoTodas estas razones mantienen al sector en un nivel precario, corto de recursos humanos y materiales y, por tanto, en una situación peligrosa. Los especialistas en la materia aportan algunas posibles soluciones, pero también señalan las dificultades que comporta llevarlas a cabo. Sería conveniente revalorizar el sector agrario y, así, frenar la pérdida de espacio agrícola. En un escenario de futuro ideal deberían alternarse de modo más ordenado cultivos y bosques, para evitar grandes concentraciones de riesgo.No parece que esos desafíos vayan a poder afrontarse de modo satisfactorio e inmediato. De ser así, seguiremos conviviendo con el riesgo. Un riesgo que es muy alto, y cuando alumbra un incendio descontrolado anuncia un horizonte de destrucción, desolación y, en ocasiones, muerte.El potencial destructivo del fuego es ciertamente enorme. Un estudio escalofriante indica que, en caso de desatarse un fuego de gran intensidad, Collserola podría perder en solo ocho horas el 70% de su masa forestal, imprescindible pulmón de Barcelona y buena parte de su área metropolitana.Las cicatrices que dejan las heridas del fuego sobre el territorio perduran a lo largo de años, hasta que en algún momento el manto verde recupera su espacio. Mucho mejor sería que nunca llegaran a producirse. Pero para eso hace tanta falta la colaboración ciudadana como unas sólidas políticas preventivas de la administración pública.
Bajo la amenaza del fuego, por Editorial
Con el lema “Foc és foc”, el Govern de la Generalitat presentó la semana pasada su campaña de prevención de incendios, que este año prioriza la sensibilización de la opinión pública respecto a la responsabilidad de los ciudadanos en lo tocante a evitar los fuegos forestales y...







