A la muerte de Isabel I en 1603, se unieron las Coronas de Inglaterra y Escocia, y un siglo después, en 1707, tras la firma de la Unión, los parlamentos de ambos países. Mas se mantuvieron -y todavía se mantienen- grandes diferencias de toda índole a ambos lados del muro de Adriano.El siglo XVIII escocés, el de las Luces, fue particularmente brillante, destacando pensadores de la talla de Adam Smith o David Hume, por no hablar de inventores como James Watt. Y a diferencia de las vetustas, conservadoras e inmutables universidades de Oxford y Cambridge, que seguían inmersas en el loable estudio de los textos clásicos, en griego y latín, junto con intocables asignaturas como Gramática, Retórica y Dialéctica, sin olvidar Teología, las más atrevidas universidades de Edimburgo o Glasgow se abrieron a nuevas vías de estudio e investigación.via GIPHYLa innegable calidad de revistas como Edinburgh Review o Blackwood’s Magazine estaban no sólo a la altura de cualquier publicación inglesa contemporánea, sino a nivel europeo. Y es que Escocia se había convertido en un hervidero de nuevas ideas y tendencias. Es más: lo hacía en un impecable inglés, dejando a un lado el gaélico o, al menos en prosa, su peculiar manera de expresarse en la lengua de sus poderoso vecinos del sur.Tal fue la envergadura de su impacto e influencia, que se podría hablar de la “escociazión” de la cultura inglesa, máxime en la primera mitad del siglo XIX, que condujo a la fundación de la Universidad de Londres (más tarde, University College), y el desarrollo de investigaciones en campos como la medicina, la ciencia o política económica, que tendría repercusiones en Princeton y otras universidades estadounidenses. Entretanto, arrasaba la literatura escocesa escrita en inglés.A diferencia de Oxford o Cambridge, siempre elitistas y obsesionadas con la religión, la Universidad de Edimburgo era relativamente asequible y aceptaba estudiantes de todas partes, fuesen las que fuesen sus creencias. También ofrecía nuevas asignaturas como Historia Universal o Literatura.Aunque poco conocido fuera de Escocia, uno de los principales promotores de esta revolución sociológica, lingüística y cultural, fue Hugh Blair (1718-1800), siguiendo la estela de Adam Smith, su mentor. Las conferencias que dictaba bajo el título de “Rhetoric and Belles Lettres” disfrutaron durante veinte años de un éxito colosal y al ser reunidas y publicadas en 1783, se convirtieron en el libro más influyente y de mayores ventas de esa época dorada, también en Estados Unidos. Y todo ello expresado en inglés, por lo que ha sido acusado de anglicanizar a sus compatriotas escoceses.Mas lo cierto es que Blair era un cosmopolita de tomo y lomo amén de un lector voraz que bebía de las fuentes más inverosímiles, que abarcaron desde los clásicos pasando por media docena de lenguas europeas o el árabe, para horror de los nacionalistas escoceses. Su infatigable esfuerzo dio pie a la creación de la asignatura de English Literature, toda una novedad, que hasta el día de hoy se estudia en todas las universidades del mundo anglohablante y más allá.Desde entonces, la cantidad y diversidad de asignaturas —algunas realmente rebuscadas— que ofrecen las universidades han venido a desvirtuar la importancia de su principal cometido: el de educar. Una licenciatura se puede comprar, como si de un artículo de lujo se tratase. Los fundamentos se han ido erosionado hasta dejar un vistoso edificio vacío de contenido y lleno de bullicio.Las humanidades de vocación universal de Blair, hace tiempo que se hallan atrapadas en oscuros guetos en los que mandan jetas de pocas luces proclives al insulto y la violencia. Extremo que por desgracia se extiende a nuestros cada vez más crispados e irrelevantes parlamentos barriobajeros, en los que brillan por su ausencia la retórica y, ay, las belles lettres.