La matrícula anual para un estudiante comunitario en una universidad británica será de unos 11.000 euros
Hubo un tiempo no muy lejano en que la idea de que el Reino Unido regresara a un programa tan simbólico de la Unión Europea como el Erasmus, el popular intercambio de estudiantes universitarios, habría desenterrado el hacha de guerra en la política británica. Los euroescépticos habrían denunciado la ‘traición’ de la medida y los laboristas se habrían replegado a la defensiva. Este miércoles, cuando el Gobierno de Keir Starmer ha confirmado el acuerdo alcanzado con Bruselas para volver a formar parte del sistema académico, la reacción del Partido Conservador o de la ultraderecha de Nigel Farage ha sido tibia y limitada. Ambos son conscientes de que la movilidad juvenil, aunque se limite de momento al ámbito educativo, es extremadamente popular entre los ciudadanos, incluso entre aquellos que votaron a favor del Brexit.
“Incorporarse al Erasmus es una gran victoria para la gente joven, al romper barreras y ampliar horizontes. Asegura que todo el mundo, sea cual sea su procedencia económica o social, tiene la oportunidad de estudiar y realizar prácticas en el extranjero”, ha celebrado Nick Thomas-Symond, el secretario de Estado británico para la Unión Europea, y el amigo al que Starmer encomendó la tarea de recuperar las relaciones perdidas con Europa después de los agrios años bajo mandato conservador.












