¿Por qué hay tantos zorzales en este invierno frío? ¿De dónde salieron así de henchidos? En mi patio andan inquietos, revolviendo semillas, despegando la enredadera. Me gusta mirarlos de cerca. Y ellos sostienen la atención, quietos o sacudiéndose. Parecen terrícolas, por el modo de desplazarse en carreras cortas. No vuelan demasiado, van de una maceta a otra. Este invierno aparecieron de a varios, el pecho más anaranjado que nunca, y esa aureola amarilla alrededor de los ojos que ensancha sus miradas. Se acercan a la ventana, resueltos, como si ningún gato los pudiera alcanzar. Y el mío, rogándome que lo deje salir, ni siquiera sabe si podrá vérselas con todos juntos. Son muchos, y no se inmutan. En primavera cantan con fuerza, melódicos e insistentes. Pero no es temporada de gorjeos, solo vienen en busca de alimento, y se tragan la voz engullendo alguna lombriz. Sin embargo, como si la naturaleza se permitiera algunos deslices –desatendiendo a los ciclos–, esta tarde escuché un silbido. Son Muchos, y no se inmutan, En primavera cantan con fuerza, melódicos e insistentes Hasta hace unos días se desplazaban callados, muy laboriosos. Era una presencia inquietante, porque insisto, están muy gorditos, y el anaranjado del pecho, visto de refilón, los asemeja a roedores. Me sorprendió el canto potente y la manera en que los cuatro o cinco que rondan por mi patio, acompañaron al solista. No había sido más que un iniciador. Terminaron formando un coro, incluso un canon.