Los primeros chillidos suelen escucharse cada mañana en una vivienda ubicada en las calles Guaranda y Febres-Cordero, en el centro-sur de Guayaquil. Valeria Castro ya sabe lo que significan. Antes de asomarse por la ventana, reconoce que los loros han regresado.En pocos minutos, las aves ocupan cables eléctricos, balcones y árboles cercanos. Esperan las semillas de girasol que desde hace años encuentran en ese punto de la ciudad. Para los vecinos, son una presencia habitual.Para Valeria, representan una historia familiar que comenzó mucho antes de que ella se encargara de alimentarlos.Publicidad“Ellos ya saben a qué hora venimos a ponerles comida. A veces se acercan a la ventana y jalan la cortina”, cuenta la mujer de 31 años.El origen de una tradición familiarLa historia se remonta a Carlos Castro, su abuelo. Según recuerda la familia, él tenía una lora llamada Pepita, a quien decidió dejar en libertad pese al cariño que le tenía.El ave desapareció durante varias semanas y Carlos pensó que no volvería a verla.PublicidadPublicidadSin embargo, un mes después regresó. “Mi abuelo la llamaba y ella se le acercaba al hombro. Entraba a la casa y se quedaba con él”, recuerda Valeria.La visita de Pepita no terminó ahí. Tiempo después volvió acompañada por otra ave. Más adelante aparecieron crías. Cada cierto tiempo regresaba con nuevos ejemplares.“Era como si quisiera presentarle a su familia a mi abuelo, un ave muy inteligente”, relata. Con el paso de los años, la cantidad de aves aumentó.La familia cree que buena parte de los loros que actualmente llegan a la zona son descendientes de aquella lora que Carlos dejó volar: “Ahora ya deben ser unos 60 como mínimo”.La comunidad de loros en GuayaquilValeria aprendió a distinguirlos observándolos durante años. Explica que los ejemplares adultos presentan una coloración rojiza en la cabeza, mientras que los más jóvenes mantienen el plumaje verde.“Uno los ve que andan en pareja, que se buscan y se cuidan entre sí”, comenta. La presencia de los loros llama la atención de los vecinos y transeúntes. Publicidad“Son bellos. A mí me agrada verlos; le dan vida al vecindario. Sí, son bulliciosos, pero es la naturaleza”, relata Gerardine Arriaga, una ciudadana.Hay quienes se detienen para fotografiarlos y otros que preguntan si pueden llevarse alguno a casa.La respuesta siempre es la misma. “No. Ellos son libres”, dice Valeria, repitiendo una frase que escuchó durante años de boca de su abuelo.Su madre, Jenny Castro, recuerda que incluso había personas que ofrecían jaulas para capturarlos.“Mi suegro nunca quiso. Si dejó libre a Pepita, no iba a encerrar a los demás”, señala.Carlos Castro fue conocido en vida como el “señor de los pájaros” y falleció durante la época de la pandemia del COVID-19. Sin embargo, su legado quedó presente en su familia. Dejó en sus manos alimentar a quienes fueron su compañía en tiempos de enfermedad.Un legado que perduraPor eso, su esposa, Eudocia Saguay, mantuvo siempre la ventana abierta para que los pájaros llegaran al lugar y Valeria cuenta que era su entretenimiento. “Ella se quedaba viendo a los loros comer; siempre se acordaba”, dice.Hace pocas semanas falleció y, desde entonces, Valeria reconoce que la presencia de ellos adquirió un significado especial para ella.“Yo creo mucho en las señales. Cuando murieron mis abuelos, ellos siguieron viniendo, a pesar de que ya no estaban aquí. Ahora que mi abuelita también se fue, siguen llegando todos los días”, agrega.Su abuela observaba a las aves desde la vivienda familiar y preguntaba constantemente si ya les habían colocado alimento.Ahora, cuando escucha los chillidos cerca de la ventana, Valeria los recuerda a ambos.“Yo le decía a mi mamá que sentía que eran ellos haciéndose presentes de alguna forma. Todo esto empezó por mis abuelos”, comenta.La joven vive con sus tres hijos y asegura que las aves ya forman parte de ellos. Calcula que utiliza dos fundas de semillas de girasol al día para alimentarlas. Cuando se terminan, recurre al arroz para que no se queden sin comida.“Hay días en que se acaba todo. Son bastantes”, detalla.Han ocurrido accidentes. Uno de los loros jóvenes quedó atrapado entre cables eléctricos. Utilizando un palo largo, intentaron separarlos hasta conseguir que el ave escapara.“Nos pusimos nerviosos porque ya les tenemos cariño”, afirma.Mientras conversaba, algunas de las aves se acercaban a su ventana. Llegaron en pareja y, como costumbre, Valeria les deja comida, y ahí empieza la agrupación frente a la casa de la familia Castro.Pues aunque sus abuelos ya no estén, su nieta continúa recibiéndolas cada día en el mismo lugar donde todo comenzó. (I)
Valeria Castro honra a sus abuelos alimentando 60 loros en la ventana de su hogar, en el centro-sur de Guayaquil: ‘Le dan vida al vecindario’
La familia Castro asegura que la presencia de decenas de loros comenzó con una lora llamada Pepita. Hoy, su nieta Valeria mantiene la costumbre de alimentarlos.












