Siente una especie de respiración lejana. Bueno, en realidad siente muchas. Está todo oscuro, pero percibe un ritmo pausado y lejano de otras compañeras. Quizás ella no lo sabe, pero es una semilla metida junto a otras muchas en un sobre blanco, forrado por dentro con algo parecido al aluminio. No hay movimiento, no hay sonidos. Hasta que, de repente, todo cambia. Se oyen gritos, alguna risotada; varios golpes y todo se calma. El sobre acaba de aterrizar en una mesa, en un aula, en un colegio. Una maestra rasga un sobre de papel que envuelve el otro interior, más pequeño y blanco. En aquel envoltorio de papel hay una fotografía a todo color de lo que parecen margaritas. Ah, no, pone “zinnia elegans” en letras grandes por encima de una imagen con flores blancas, rosadas, fucsia, rojizas, naranjas y amarillentas. Parecen tener todos los colores. Bueno, no las hay moradas, una lástima, pero aun así la gama de tonos es de lo más variado.
Se escuchan más sonidos, hay preguntas con voces agudas y ligeras a las que replica otra voz algo más grave. Es la maestra, que contesta las dudas de sus alumnos, inquietos por la presencia de sustrato y de macetas sobre las mesas. Todo ocurre muy rápido: una mano adulta corta el sobre pequeño blanco interior y lo vuelca sobre una bandeja amarilla, acostumbrada a llevar los cafés al despacho de los profesores. Cien semillas, cien, se desparraman súbitamente. Son casi elípticas, aplanadas, tienen un ligero aire a las pipas de girasol, pero diminutas al lado de aquellas. Son de colores ocres, pajizos o amarronados, dependiendo de la planta madre de la que nacieron. Todas permanecen a la espera.






