El ser humano ha creado una simbología botánica que vincula una especie o un color con una emoción
Las plantas se comunican sin necesidad de hablar. Se relacionan con otros seres vivos que las rodean, a través de ciertas hormonas que vuelan por el aire, por ejemplo, para indicar su estado de salud o la presencia de un peligro; es una conversación muda pero fructífera para el emisor y para el receptor. El ser humano ha diseñado también un lenguaje botánico desde hace siglos, algo que ya ocurría en el Antiguo Egipto. Entonces, y como recuerda el egiptólogo madrileño José Manuel Galán, “a los difuntos en Egipto se les despedía con flores, por un juego de palabras, porque la palabra para vida en el Antiguo Egipto es anj, que es lo que se conoce como la Cruz de la Vida. Pero es una palabra que también sirve para referirse a las plantas, a las flores. Entonces, la idea es que cuando tú ofreces flores a alguien le estás ofreciendo vida. Así que la ofrenda de flores a los difuntos es un deseo de que viva en el más allá”, resume.
Desde luego, los egipcios utilizaban una ingente cantidad de flores para agasajar a sus familiares, amigos y personalidades, lo que atestiguan todos los ramos que se han ido descubriendo en las campañas arqueológicas en el país, al igual que en la tumba de Tutankamón, donde aparecieron guirnaldas elaboradas con hojas de olivo (Olea europaea), de palmera datilera (Phoenix dactylifera) y flores de azulejo (Centaurea depressa), entre otras especies.






