Un corazón que palpita o una respiración entrecortada son las interpretaciones que hace nuestro cuerpo de las emociones que sentimos
Cuenta una leyenda africana de la tradición peul que para coronar la montaña de oro hay que comprender antes la sabiduría de los animales mágicos. El primero de los que cita aquel cuento es el camaleón, mágico porque cambia de color y puede girar los ojos en todas las direcciones sin tener que mover la cabeza. El reptil tiene, efectivamente, unas peculiares células en su piel, los cromatóforos, que pueden mudar a voluntad su tonalidad y brillo. Están distribuidas en tres capas epidérmicas, la más profunda contiene células pigmentarias más oscuras, la capa intermedia abarca los blancos y azules y, la más superficial, los amarillos y rojos. Juntas componen una cuadrilla de células cromáticas capaz de pintar tanto un arcoíris como un arbusto en otoño. Se considera que su principal función es la del camuflaje en el entorno adquiriendo las tonalidades que lo rodean. No hay nada más invisible que parecerse a lo que nos rodea. Pero estas células también responden a los estados emocionales del animal, ya sea el sentido de peligro por una amenaza, la preparación para un combate con el depredador o la ilusión por un cortejo. Son animales que reflejan como nadie la corporeidad de la emoción.






