Esta emoción reduce el estrés, aumenta el comportamiento prosocial y mejora la comprensión del mundo. Los expertos la asocian a la infancia, pero se puede mantener y recuperar siendo adulto

Hay gente que no ve el mar hasta que tiene la edad justa para recordarlo toda la vida. ¿Qué debe sentir una persona al descubrir un azul tan infinito? Igual es algo similar a ver el cielo por primera vez. Hay gente que vive lejos del mar, pero nadie vive lejos del cielo, así que lo damos un poco por descontado. Somos como los peces

rsltid=AfmBOopuSzTaL4wYIu5Vnm8ahy6H3SI0vHBbuLWK0EgplhfNxbXxsifG" target="_self" rel="" title="https://www.penguinlibros.com/es/filosofia/36851-libro-esto-es-agua-9788439729396/fragmento?srsltid=AfmBOopuSzTaL4wYIu5Vnm8ahy6H3SI0vHBbuLWK0EgplhfNxbXxsifG" data-link-track-dtm="">del cuento de David Foster Wallace que se preguntaban el uno al otro qué demonios es el agua. Y así, hemos normalizado algo tan alucinante como la cúpula celestial, el trozo de universo que atisbamos desde nuestro rinconcito galáctico, por el simple hecho de verlo todas las noches.

La costumbre hace que normalicemos cosas extraordinarias. Asumimos como cotidiano lo que un día nos pareció maravilloso. Se nos acaba el asombro. Es algo de lo que se dan cuenta muchos padres al tener que explicar a sus hijos el mundo por primera vez, porque para ellos todo es nuevo y la vida aún no les ha empezado a gastar. Contar a un niño por qué cae agua del cielo, la lluvia convertida en un cuento. Explicarle que un arcoíris no es del todo real, por qué los horizontes no se pueden alcanzar y que algunas brillantes estrellas ya están, en realidad, muertas. Volver a descubrir el mundo, una segunda vez, a través de sus ojos.