Los protagonistas de las historias más extraordinarias suelen darles menos importancia de la que merecen

Hay sensaciones que alcanzan su plenitud en la infancia, que después solo se repiten como reflejo, como simulacro o como farsa: la vergüenza alegre al encontrarse a un profesor por la calle, los nervios de la noche de Reyes, la certeza de haber encontrado un alma gemela en el parque o la genuina curiosidad por saber qué ocurre por la mañana, de lunes a viernes, más allá de las puertas del colegio....

Las pocas veces que, de niña, pude hacer incursiones matutinas extramuros, porque me tocaba vacunarme o sacarme el DNI, vi el mundo con ojos nuevos. La gente era distinta, el paisaje era distinto e incluso el tiempo parecía transcurrir de manera diferente, así que durante años quise ser adulta para disfrutar de esas mañanas libres que a los niños se nos negaban. Inocente de mí, no sabía que ese era un placer reservado para jubilados y rentistas, y que en mi veintena, cuando empezara a trabajar, sentiría algo muy parecido en los días de vacaciones en los que me tocaba ir al médico o hacer alguna gestión. No fue hasta mi baja de maternidad y después de ella hasta convertirme en autónoma y trabajar a deshora cuando pude disfrutarlas.