Que a estas alturas en las que tenemos tanta información sobre las amenazas que amargan la vida de un menor seamos incapaces de protegerlos es imperdonable
Ocurre que una niña en un colegio de Sevilla decide algo tan extremo como quitarse la vida. Nuestra mente vuelve entonces la mirada a aquel episodio infantil en el que por ser la nueva, torpe, tímida, formal o extravagante, envidiable, cualquier rasgo que de pronto despertó agresividad en una compañera, te viste rodeada de inquina y b...
urla. Aún más escuece este asunto si dedicamos el pensamiento a la vida escolar de nuestros hijos, al sufrimiento que durante un tiempo fue secreto y que nos desvelaron cuando el peligro había cesado.
Lo curioso del escalofrío que nos provoca un suicidio como el de Sandra, la niña sevillana, es que siempre nos recordamos como víctimas y así pensamos de nuestros hijos, jamás como agresores. Pero este asunto es más complejo. Deberíamos pensar que, de la misma forma que la adolescencia es gregaria y tendente a lo irracional, también presenta un grado de flexibilidad mental que permite a los profesionales y la comunidad escolar intervenir con medidas preventivas. Se puede enseñar a no hacer daño.
Que a estas alturas en las que tenemos tanta información sobre las situaciones amenazantes que amargan la vida a un menor seamos incapaces de protegerlos cuando han tenido la valentía de pedir auxilio es imperdonable. En el suicidio de un menor interviene tanto el acoso como la omisión de auxilio; interviene la impulsividad del carácter de la víctima; el bajo nivel de resiliencia, que es algo de lo que hablan los psicólogos cuando se les quiere escuchar, y también, cómo no, el hecho terrible de que quien sufre acaba por creerse el discurso denigrante de los agresores. Para qué seguir viviendo, piensa, si no merezco la pena.






