Los lectores y las lectoras escriben sobre el acoso escolar, el auge de la ultraderecha; la presidenta de la asociación Amama, Silvia Claverol, y la desconexión digital

El caso de Sandra Peña nos ha dejado sin aire. Sus padres pidieron ayuda una y otra vez, pero el colegio no actuó. Ese silencio —el de los adultos que miran hacia otro lado— duele tanto como las burlas. Porque cuando un niño pide protección y no la encuentra, el daño se hace infinito. Muchos sabemos lo que es eso: ser diferentes, ser señalados, ser apartados mientras todos callan. Y lo más amargo es ver cómo algunos de los que antes acosaban hoy comparten mensajes de empatía o incluso enseñan en colegios. Quizá algunos hayan cambiado, quizá el tiempo les haya enseñado lo que entonces no entendían. Pero aun así, las preguntas siguen ahí: ¿cómo va a enseñar empatía quien nunca la tuvo? ¿Cómo vas a perdonar a alguien que nunca te pidió perdón? El tiempo pasa, sí, pero el eco de aquel silencio sigue. Ojalá esta vez no se tape con palabras bonitas. Ojalá entendamos de una vez que proteger a un niño no es un gesto; es una obligación.

Sofía Martín. Polán (Toledo)

Nuevos caudillos exaltados germinan en un país donde las heridas de un conflicto fraternal siguen abiertas. Símbolos hegemónicos durante casi 40 años vuelven como ecos a resonar entre las generaciones más jóvenes que, sin embargo, se conciben como hijos de esta democracia terminal que a duras penas resiste los nuevos envites del fascismo reaccionario. Parapetados bajo águilas imperiales que no hace tantos años eran motivo de vergüenza, la derecha más joven vitorea a un nuevo líder entre las paredes de las instituciones universitarias. Hoy, mientras algunos aplauden símbolos que creíamos superados, otros seguimos creyendo que la democracia no se hereda; se defiende. Y si no lo hacemos, pronto esos viejos himnos volverán a sonar más fuerte que nuestras voces.