La psicoterapeuta especializada en apego y autora explica que algunos menores que nunca protestan pueden estar utilizando la complacencia para proteger el vínculo con los adultos
Aprender a anteponerse al otro. Hay muchas personas que no pueden hacerlo porque interiorizan que sus emociones son secundarias y reprimen lo que sienten como una forma de sostener la conexión y no verse desbordadas por la angustia de las figuras de apego. Así lo explica Cristina Cortés Viniegra (Pamplona, 57 años),...
psicóloga infantil y psicoterapeuta especializada en apego. Cortés es, además, autora de seis libros dirigidos a familias y especialistas sobre intervención en trauma, reparación del apego y acompañamiento emocional en la infancia, entre ellos Mírame, siénteme. Estrategias para la reparación del apego en niños mediante EMDR (Desclée de Brouwer, 2018) y su último publicado En este mismo instante (Desclée de Brouwer, 2025).
Sobre los llamados niños “demasiado buenos”, la experta señala que en los menores la respuesta suele pasar por no molestar y mantener la relación desde la aparente tranquilidad. “Es fácil confundir la calma con bienestar. Culturalmente, asociamos tranquilidad con equilibrio emocional y obediencia con madurez, son menores cómodos, no generan conflicto y parecen no necesitar demasiada atención”, detalla. Sus conductas transmiten la sensación de que “todo está bien”, lo que hace que los adultos los observen menos y bajen la alerta, explica. Sin embargo, esa apariencia de serenidad no siempre refleja bienestar interno. “En muchos casos”, prosigue, “el menor está aprendiendo que esa forma de comportarse es la que le permite ser validado y querido, y que expresar emociones incómodas no tiene acogida”. “Los niños son muy sensibles a los estados emocionales de los adultos y aprenden cómo mantener la relación”, agrega.






