Una exigencia desmedida sobre el menor afecta negativamente en el desarrollo de su personalidad y autonomía. Además, esta dinámica limita la confianza y la comunicación entre padres e hijos, dificultando que estos se sientan escuchados, comprendidos y protegidos

Encontrar el equilibrio adecuado entre la permisividad y la exigencia se convierte en un auténtico desafío en la crianza, pues implica combinar el amor y la comprensión con la firmeza y el establecimiento de los límites necesarios para un desarrollo adecuado. Si la balanza se inclina hacia la exigencia excesiva, el niño crecerá con muchos miedos e inseguridades y mostrará muchas dificultades para desarrollar correctamente su autonomía. Una presión desmedida que afectará negativamente en el desarrollo de su personalidad y en la forma en la que tome decisiones.

¡Un ocho no es suficiente! ¡Tienes que esforzarte mucho más! ¡Debes ser el mejor de tu equipo! ¡No puedes equivocarte tantas veces cuando tocas el violín! Estas frases son solo algunos ejemplos que reflejan un estilo educativo donde la exigencia puede llegar a debilitar la autoestima de un menor, transformar el aprendizaje en una fuente de ansiedad, convertir el error en un fracaso y hacer que el valor personal dependa del rendimiento. Es un acompañamiento que presiona, castiga el fallo, desconecta al niño del deseo de mejorar y disfrutar del aprendizaje. Que rompe el vínculo de seguridad con la figura adulta e invisibiliza los logros y avances, por centrarse solo en lo que falta.