El transporte de un vegetal comienza con los zarandeos en un camión, pasando por la escasez de agua y luz, y termina cuando sus raíces son liberadas al llegar por fin a las manos de su nuevo cuidador

Una planta reposa dentro de un minúsculo cubículo de cartón. Allí la colocaron en el mismo vivero en el que nació. Tras zarandeos y golpeteos, de subes y bajas de un camión a una furgoneta, de una furgoneta a un camión, por fin dejan tranquilo el embalaje en el que la han recluido. La planta guarda la esperanza de poder ver la luz una vez más. Lleva demasiados días sin poder realizar ...

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la fotosíntesis, y se siente algo débil y confusa, no entiende nada del porqué de ese encierro injustificado.

Unos murmullos rodean la caja con su vibración. Provienen de un intercambio de frases, cuyo resultado fue una nueva sacudida. Sin ella saberlo, ahora reposa dentro de una bolsa, y unos pasos ligeros marcan el bamboleo de la maceta dentro del paquete, hasta incluso parecerle agradable aquella sensación. Un último posarse de la caja en el suelo marca el preludio al sonido cortante de una cuchilla que rasgaba la cinta plástica, tras lo cual las tapas de su prisión dejaban entrar un rasguño de luz por la hendidura recién creada. Por fin tiene acceso a la luz, fuente de su vida, aunque siente sus raíces tan secas que poco puede hacer por activar su metabolismo, exangüe tras someter a sus tallos y hojas a tamaña tortura. Acaba de llegar y está extrañada, con sus hojas algo lacias por haber pasado casi una semana metida en esa caja oscura.