Hugo, de 22 años, Laura, de 43, y Xavi, de 29, han sido víctimas de tortura. De una muy concreta: las falsas terapias de conversión para intentar cambiar su orientación sexual. Al más joven le abordó un profesor de su colegio concertado y religioso en un pueblo de Valencia con 11 años. La mayor entró con 22 en un centro cristiano de Navarra para sacarle “el demonio de la homosexualidad”. A Xavi, con 18, le derivaron desde la parroquia a la que acudía su familia a unas sesiones de acompañamiento “para gestionar su AMS [atracción por personas del mismo sexo]”. “Estas prácticas tienen una tradición histórica de décadas”, apunta Saúl Castro, presidente de No es terapia, la principal asociación de víctimas españolas de estas prácticas. Esta semana, en pleno mes del Orgullo, España ha aprobado castigar con cárcel la ejecución de estas pseudoterapias. Hace tres años ya se prohibieron, pero solo se imponían multas por su realización o promoción. “En España tuvieron su auge durante el franquismo”, agrega Castro. El Código Penal de 1928, aprobado bajo la dictadura de Primo de Rivera, fue el primero de España en incluir la homosexualidad, al considerarla un delito de escándalo público. Aunque el Gobierno de la República abolió esa norma, el franquismo desarrolló después sus propias estructuras represoras, que se articularon, principalmente, a través de dos leyes: la de vagos y maleantes, reformulada en 1954 para incluir la homosexualidad, y la de peligrosidad social, aprobada en 1971. “Se permitían legalmente las terapias de conversión”, explica Castro. “El castigo que había para la diversidad sexual y de género era, precisamente, estas falsas terapias que fueron institucionalizadas y se aplicaban en espacios que supuestamente buscaban la resocialización de las personas”. Esa “resocialización” se realizaba a través de métodos que buscaban “reacondicionar el deseo”, indagando sobre supuestos traumas pasados; técnicas de aversión, que consistían en asociar estímulos negativos, como descargas eléctricas, con imágenes relacionadas con la homosexualidad; sesiones guiadas por alguien que decía ser experto; o trabajos forzados, que vinculaban el esfuerzo físico con una especie de purga. Y aunque actualmente las prácticas más invasivas han dejado de aplicarse, se persevera en cambiar a las personas con sesiones de coaching, orientación o acompañamiento. Dentro del plan al que sometieron a Xavier Martínez Cal, además de rezos y la ingesta de inhibidores de la libido, se incluía la práctica deportiva. “A mí me decían que estaba formando un ejército contra la ideología de género. Que éramos los elegidos”, dice Martínez Cal, que se pasó más de cuatro años acudiendo a esas sesiones: “Son prácticas que se basan en el maltrato, los abusos, las vejaciones, la manipulación y la coacción”. Laura, que prefiere no dar su nombre real, estuvo casi una década ingresada en un centro en el que intentaron borrar su identidad. “Fueron 10 años de muchas cosas. Veíamos a los responsables muy grandes. Ahora, los vemos pequeños, muy patéticos”, dice, sin poder evitar balbucear al hablar del asunto. En ese tiempo, además de reclusiones forzosas, en ocasiones sin comida, o numerosas conversaciones para que renegase de sus deseos, realizaba labores de limpieza en jornadas exhaustas. Todo era parte de su supuesto proceso de sanación. La patologización de la diversidad sexual y de género arranca en el siglo XIX en Europa. En 1886, el psiquiatra alemán Richard von Krafft-Ebing la definió como una de las “perversiones” que recogía en su tratado Psychopathia Sexualis (Psicopatías sexuales). Anteriormente, se había etiquetado ―y perseguido― como una “desviación”, término que emana de la religión, de desviarse del camino trazado por Dios. Hugo, que no quiere dar su apellido, estudió en un colegio católico de su pueblo de Valencia. Con 11 años, en 1º de la ESO, estaba muy unido a uno de sus compañeros de clase con el que, en ocasiones, paseaba de la mano por el patio. No le gustaba el fútbol y, a veces, jugaba con los chicos, pero otras lo hacía con las chicas. Un día, un profesor del centro acudió a su clase y le pidió salir para hablar con él. “Me llevó a un piso superior, en una zona por donde casi nunca pasaba nadie, y ahí me empezó a preguntar si yo quería tener novia de mayor. A hablarme sobre deseos homosexuales. Yo no entendía nada: era un niño que nunca había recibido educación sexual”, explica. Pasó miedo. Este profesor también habló con sus padres. A su madre le dijo que lo ignorara un poco cuando él le pidiera cosas. A su padre le recomendó que pasara más tiempo con él y que practicaran deportes juntos. Aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha recomendado a los gobiernos de todo el mundo que terminen con estas pseudoterapias, que la ONU describe como “torturas”, su abordaje varía mucho entre países. En España, hasta 2023, estas prácticas no estaban sancionadas a nivel nacional. Eso cambió con la Ley trans (la 4/2023), que impuso sanciones administrativas a las mismas. Desde su aprobación, aunque se han abierto varios expedientes, por el momento no se ha impuesto ninguna multa. De ahí que desde No es terapia, que ha atendido a más de medio centenar de víctimas, hayan peleado para que se endurezca su castigo. Algo que han conseguido esta semana, cuando el Congreso de los Diputados aprobó la penalización de estas pseudoterapias para castigarlas con penas de hasta dos años de cárcel por ejercerlas y también a los que las consientan, promuevan, favorezcan o faciliten. La propuesta fue apoyada por todos los partidos políticos menos PP, que se abstuvo, y Vox, que votó en contra. “Ustedes no quieren que nadie se cuestione su propia sexualidad, que acuda a un psicólogo o un sacerdote por voluntad propia”, dijo la diputada del partido de extrema derecha durante el debate parlamentario. “No podemos permitir que jueguen con la vida de los niños”, añadió. “Llegamos a las pseudoterapias siendo muy jóvenes, incluso menores, chantajeados y manipulados, coaccionados por nuestro propio ambiente más cercano: el cura de tu iglesia, tu catequista, tu profesor, tu psicólogo e incluso tu familia, de quienes dependes y en quien confías”, recalca Martínez Cal. “No somos enfermos, ni pecadores; ni vagos, ni maleantes”, incide. Las personas LGTBIQ+ que han pasado por alguna de estas falsas terapias tienen mayor riesgo de experimentar problemas de salud mental, según un estudio publicado en The Lancet Psychiatry en septiembre de 2024. Muchas veces desembocan en depresión, estrés postraumático o persistencia de pensamientos e intentos suicidas. La Federación Estatal LGTBI+ (Felgtbi+), junto a varias organizaciones de otros países europeos, pidió a la Comisión Europea que prohibiera las falsas terapias de conversión sexual y las considerara eurocrímenes. Actualmente, están prohibidas, en distinta medida, en Alemania, Bélgica, Chipre, España, Francia, Grecia, Malta y Portugal, pero en los restantes 19 socios europeos no existe marco jurídico específico. Esa petición se realizó a través de una Iniciativa Ciudadana Europea que fue firmada por más de un millón de ciudadanos de la UE. Aunque la Comisión considera que son “unas intervenciones dañinas y que pueden resultar en daños psicológicos y físicos duraderos”, no apoyó esa iniciativa. “Tiene que aplicarse una erradicación definitiva”, argumenta la presidenta de la Felgtbi+, Paula Iglesias. Y añade: “Una sociedad que presume de abanderar la igualdad y la diversidad no puede mirar hacia otro lado mientras sigan existiendo intentos de corregirnos, de modificarnos, de silenciarnos, de devolvernos a los márgenes. Una verdadera democracia defiende la pluralidad y la diversidad y sanciona como debe a quienes atacan los derechos humanos”.
Supervivientes de torturas “para curar la homosexualidad”: “No somos enfermos, pecadores, vagos, ni maleantes”
Las falsas terapias de conversión, que España castigará con cárcel, tienen una tradición histórica de décadas. Los métodos han cambiado, el daño que producen, no. Tres víctimas hablan sobre sus experiencias















