Es imposible catalogar a Pepe Viyuela. Hay quienes lo consideran como de la familia desde sus tiempos de humorista en el concurso Un, dos, tres en los noventa. Para algunos siempre será Chema, el tendero de la serie Aída. Otros ven la personificación de Filemón en la traslación de las historietas de Mortadelo y Filemón al cine. Artista circense, cómico y actor en múltiples películas y montajes teatrales. Poeta con cuatro libros publicados. Ciudadano activo, miembro de la organización humanitaria Payasos Sin Fronteras y vecino comprometido, hasta el punto de que un centro cívico de San Sebastián de los Reyes, donde vive, lleva su nombre. Pareja de la actriz Elena González y padre de los actores Camila y Samuel Viyuela. “Muchas cosas. Pero todas me gustan, entretienen y divierten”, asegura. Por encima de todo, Viyuela es un “buen tipo”. Cercano, amable. Nacido en Logroño hace 63 años, el actor atraviesa ahora una etapa de plenitud en los escenarios. El 2 de julio recibirá el Premio Corral de Comedias, que concede el Festival de Teatro Clásico de Almagro, en reconocimiento a su trayectoria. Una semana después, en Almagro estrenará un recital-concierto de romances populares acompañado de la cantante Rosa León. De ahí saltará al teatro romano del Festival de Mérida, donde protagonizará Timón de Atenas, de Shakespeare, del 15 al 19 de julio, dirigido por Hernán Gené. “Por mi edad, puede que no tenga muchos más veranos tan ocupados. Así que vamos a intentar hacer este quinto acto lo más dignamende que se pueda”, sonríe tras un ensayo de Timón de Atenas en una sala de Madrid, donde tiene lugar esta entrevista. Pregunta. Con papeles tan populares en televisión, ¿cómo ha conseguido no encasillarse? Respuesta. Pues no lo sé. Solo sé que he intentado hacer siempre lo que me gustaba en cada momento. Por supuesto, me he equivocado algunas veces. No me arrepiento de nada, pero he hecho cosas que ahora las veo y digo: qué feo. P. ¿Por ejemplo? R. Hubo unos años de televisión en los que yo me veía fatal, haciendo cosas que no me gustaban. Y me dije: tengo que volver al teatro. De hecho, quizá la razón por la que he terminado haciendo tantas cosas diferentes haya sido porque he mantenido siempre una presencia en el teatro. P. ¿No le gustaba la popularidad? R. Fue más bien una necesidad de volver al teatro. Hay que tener en cuenta que hubo un momento en el que hacer televisión era tabú para la gente que hacíamos teatro. Era como rebajarte. En los primeros años de Telecinco, sobre todo, yo no me sentía cómodo en aquellas galas con tanto colorinchi, chistes escritos deprisa, poco ensayo y mucha improvisación. P. Pero el Un, dos, tres era otra cosa, ¿no? R. Claro, yo ahí me sentía muy bien. Es que estaba Chicho Ibáñez Serrador, que exigía muchísimo rigor. P. ¿Y en Aída? R. Hombre, estamos hablando de otra cosa. Aída era una serie con buenos guiones.P. Y ahora, en Mérida, Shakespeare. R. Estoy contentísimo con esta obra. Timón, mi personaje, empieza la función siendo un filántropo al que le gusta compartir todo lo que tiene. Pero cuando pierde su riqueza, precisamente por haber sido un derrochón, también pierde a los que creía sus amigos. Entonces, se convierte en un misántropo. Me parece muy interesante contar esa historia hoy. Por qué nos quiere la gente, las relaciones en las redes sociales, el postureo constante. P. ¿Usted se siente querido? R. Claro que sí. No solamente por mi familia. Tengo amigos, no demasiados, en los que puedo confiar. Y luego un gran espectro de personas con las que, sin ser amigo del alma, me siento a gusto. P. El público también parece quererle. Incluso en este tiempo tan polarizado, en el que usted se ha significado políticamente. R. Siempre he reivindicado el derecho a decir lo que pensaba. No creo en el grito y sí en la opinión tranquila. Como ciudadano, además, creo que la política es una actividad inevitable. Eso de ser apolítico me huele mal. Para mí, la política es defender los derechos de las minorías, defender lo público, preocuparse por el mundo que dejamos a nuestros hijos. Ya sé que muchas de mis opiniones no van a ser compartidas, pero es que no quiero dejar de decirlas. Creo que el diálogo es lo que construye una sociedad y una democracia. P. En 2004, usted fue el primero que se retiró de la obra Jardiel enamorado, de Ramón Paso, tras descubrirse que el autor había sido denunciado por agresiones sexuales. ¿No temió represalias? R. No podía hacer otra cosa. Hay mucha gente que me dice: ‘No te mojes, ¿para qué?’. Pero es que si no participas, te conviertes en un florero. Algún tirón de orejas me he llevado, gente exaltada por la calle que te insulta o te dice que eres un rojo. Hasta ahora no me han pegado como a Wyoming, pero se está poniendo crudo. Reconozco que a veces, en determinados ambientes, no me siento muy seguro. Lo que sí he dejado son las redes sociales. Veo demasiado odio. No hay diálogo ahí, solo linchamientos. P. Laboralmente, ¿le ha pasado factura? R. Puntualmente, me han manifestado algún veto, algún ayuntamiento que no me ha querido. Pero no he tenido baches.P. ¿Cree en el poder político del teatro? R. Si sigue existiendo, precisamente es porque tiene fuerza. Puede ser un entretenimiento sin más, pero también una herramienta de reflexión. Un lugar para juntarse, dialogar y recibir impactos de pensamiento y emoción. No se trata de hacer un teatro político panfletario, sino de contar historias que nos afectan. P. ¿Y el humor? R. El humor nos ayuda a relativizar, a poner en riesgo nuestras ideas, a no convertirnos en dogmáticos. Por otro lado, es una defensa contra las agresiones y el miedo. Incluso en la peor situación de represión, el humor aparecerá. En la época franquista se escribía con mucho ingenio en España para burlar la censura. Si eres capaz de reírte de tu agresor, de alguna manera le estás venciendo. Por eso, a lo largo de la historia, la risa ha sido perseguida por las instituciones. La Iglesia católica la ha considerado diabólica, no se podía reír en los templos. Porque la seriedad es una invocación al orden, mientras que la risa invita al desorden. P. ¿El humor debe tener límites? R. Hay límites, pero no los deben poner instancias ajenas. La sociedad se sabe regular bien. Hay chistes machistas o demasiado groseros que ya no se soportan. También hay territorios donde sabes que hay que tratar ciertos temas con cuidado porque puedes herir sensibilidades. Pero, insisto, no son las instituciones quienes deben poner los límites. P. ¿Cuál es su límite? R. Hay una cuestión ética. No debes reírte de alguien que no se puede defender o es más débil que tú, porque entonces el humor deja de tener su carácter liberador y se convierte en un elemento represivo. Ahí está el límite: debe ser horizontal. Empieza riéndote de ti mismo y, de ahí para arriba, lo que quieras. Nunca hacia abajo. El poder es suficientemente fuerte, hay que tocarle los huevos constantemente. Eso es el juego del bufón de toda la vida. ¿Te puede costar caro? Sí, pero ese es el humor que tiene valor, el humor valiente y subversivo.