Pilar García de la Granja planteó uno de los diagnósticos más claros sobre el desafío actual de las pensiones: “La pensión se concibió para financiar de media entre 8 y 10 años de vida tras dejar de trabajar, pero es que ahora financia de media entre 25 y 28 años”. La frase funciona como una síntesis potente del problema demográfico: el sistema nació en un contexto de menor longevidad y hoy debe responder a una realidad completamente distinta.Lo que vuelve fuerte su intervención es que no se queda solo en el dato llamativo. No se trata únicamente de cuánto dinero entra o sale de la caja, sino de que el vínculo entre años trabajados y años cobrando pensión cambió profundamente. Cuando García de la Granja recuerda que antes se pensaba en 8 o 10 años y ahora en 25 o 28, lo que está diciendo es que el diseño inicial ya no encaja del mismo modo con la realidad actual.En este contexto, la experta considera que debería facilitarse que las personas que lo deseen continúen trabajando después de alcanzar la edad de jubilación. A su juicio, resulta positivo que quienes estén en condiciones de hacerlo puedan prolongar voluntariamente su actividad laboral. “Valioso que sigan trabajando si quieren y están en condiciones”, señaló.García vincula esta idea con los desafíos que enfrenta el sistema previsional. Según explicó, el envejecimiento de la población y el aumento de la esperanza de vida están ejerciendo una presión cada vez mayor sobre las cuentas públicas, generando un “coste enorme”. Además, sostuvo que “tampoco se ha cotizado lo suficiente en millones de personas para la jubilación que se recibe”.Sobre esta y otras cuestiones se pronunciaba recientemente la economista durante una de sus intervenciones en Mediodía COPE, donde recordaba que las pensiones llevan años financiándose y no solo con las cotizaciones de los trabajadores.La especialista también ha puesto cifras y contexto a problemas estructurales del mercado laboral. “Los trabajadores con más bajas laborales son los que tienen contrato indefinido y salario medio”, una frase que vuelve a mostrar su estilo: bajar discusiones complejas a datos concretos. En el caso de las pensiones, hace algo similar. No se refugia en un lenguaje abstracto, sino que formula el cambio de época con una comparación directa.Además, su comentario obliga a mirar las jubilaciones desde un punto menos emocional y más estructural. La frase no sugiere que vivir más sea un problema, sino que un sistema pensado para una esperanza de vida mucho menor necesita revisarse cuando esa esperanza se amplía tanto. Ahí está el centro de su argumento. El reto no nace de una anomalía, sino de una buena noticia humana que al mismo tiempo tensiona un diseño institucional antiguo. Lo cierto es que Pilar García coloca el foco en la distancia entre el objetivo original de las pensiones y el tiempo real que hoy deben sostener. Y al resumirlo en “8 y 10 años” frente a “25 y 28 años”, vuelve visible de inmediato por qué el debate previsional ya no puede pensarse con categorías del pasado.