En Moncloa dan por hecho que la legislatura ha entrado en una nueva pantalla. La acumulación de frentes judiciales que cercan al PSOE, el creciente malestar de sus socios parlamentarios y el desgaste que empieza a aflorar también dentro del partido han llevado al Gobierno a abandonar cualquier intento de rebajar la tensión política. La respuesta al último revés parlamentario ilustra ese cambio de estrategia: el Ejecutivo ha optado por desdeñar la cuestión de confianza a la que le instó una mayoría absoluta del Congreso —conformada por PP, Vox, Junts y UPN—, convencido de que tiene, en palabras de un ministro, "cero efecto político", y pasar directamente a la ofensiva. La consigna es resistir atacando: minimizar cada derrota parlamentaria, confrontar sin complejos con el PP y endurecer también el discurso frente a unos socios con los que ya no está dispuesto a contenerse. El PSOE trata así de contener el desgaste de cara al ciclo electoral de 2027. "No siempre vamos a estar recibiendo nosotros", resumió este jueves el ministro Óscar Puente.Ese cambio de estrategia volvió a quedar patente en el Pleno de este jueves, cuando el Congreso aprobó una moción del PP instando al presidente del Gobierno a someterse a una cuestión de confianza. La iniciativa carece de efectos jurídicos, pero sí supone un importante aviso político al Ejecutivo al visualizar que uno de los socios que permitió a Sánchez salir investido en 2023 ya está dispuesto a alinearse con la oposición en iniciativas dirigidas a desgastar a Sánchez.Sin embargo, en el Gobierno han optado por restar toda trascendencia a ese resultado. Mientras la bancada popular celebraba la votación entre gritos de "dimisión", un miembro del Ejecutivo resumía la posición oficial con una frase que desde entonces se repite en Moncloa: la moción tiene "cero efecto político". La lectura que hacen es que, mientras no exista una mayoría para una moción de censura, ninguna iniciativa parlamentaria cambia realmente el equilibrio de poder.En Ferraz incluso relativizan el papel de Junts. Un miembro de la Ejecutiva socialista sostiene que la formación de Carles Puigdemont "no sabe qué hacer" y que lleva semanas dando "una de cal y otra de arena", sin terminar de decidir si quiere tensionar la legislatura hasta el límite o mantener vivo al Gobierno para seguir negociando. Como ejemplo recuerdan que apenas veinticuatro horas antes, en el Senado, Junts evitó respaldar una moción prácticamente idéntica para reclamar una cuestión de confianza y, sin embargo, este jueves sí permitió que prosperara en el Congreso. Esa contradicción alimenta la tesis de Moncloa de que el partido de Carles Puigdemont busca sacar cabeza de cara a las próximas elecciones más que precipitar un cambio de ciclo político.En Moncloa tratan de normalizar que sus socios les presionen en un momento especialmente complicado para el PSOE y lo relacionan con la necesidad de ir marcando perfil propio de cara a las próximas elecciones que, insisten, se celebrarán en 2027. En el Gobierno dicen estar convencidos de que ninguno de sus aliados quiere asumir el coste de facilitar la llegada del PP al poder y que, pese a la escalada verbal de las últimas semanas, todos acabarán moviéndose dentro de ese mismo marco.Con ese diagnóstico, Sánchez decidió responder a la crisis endureciendo el discurso. Su comparecencia del miércoles en el Congreso evidenció un cambio de tono respecto a otras ocasiones. El presidente no limitó su intervención a ofrecer explicaciones por los casos que afectan al PSOE, sino que optó por pasar al ataque. Recuperó el argumento del 'y tú más' frente al PP al recordar los casos de corrupción que afectaron a ese partido durante años, además, reivindicó que los socialistas actúan cuando detectan irregularidades.Esa línea fue reforzada este jueves por el ministro de Transportes, Óscar Puente, que defendió que la diferencia entre ambos partidos radica en que el PSOE actúa cuando aparecen indicios de corrupción y avanzó que después de un tiempo de haber sufrido "en silencio" las acusaciones de la derecha, ahora responderán con la misma moneda, por lo que espera que el PP no tenga la piel "tan fina". "No se puede tener puño de hierro y mandíbula de cristal", resumió.Pero el endurecimiento no se limitó a la oposición. Sánchez también dirigió buena parte de su intervención contra sus propios aliados parlamentarios. Respondió con especial dureza al portavoz de ERC, Gabriel Rufián, la portavoz de Podemos, Ione Belarra, y Junts, además, lanzó varios mensajes que fueron interpretados por varios socios como una advertencia: mantener la presión sobre el Gobierno solo favorece a la derecha. En el PSOE ya no ocultan que la estrategia pasa también por diferenciarse de cara a las próximas elecciones y no asumir más coste político por parte de los socios.Ese giro ha provocado irritación en varios de ellos. Algunos consideran que el presidente desaprovechó una comparecencia clave para recomponer la confianza y optó, por el contrario, por elevar el tono precisamente con quienes sostienen su Gobierno. A pesar de las críticas, Moncloa mantiene la convicción de que ninguna formación está preparada para romper definitivamente.Ese cálculo será puesto a prueba con los Presupuestos Generales del Estado que, en todo caso, tardarán meses en tramitarse. Sobre el papel, el Gobierno mantiene que quiere presentar unas nuevas cuentas para tratar de agotar la legislatura y convertirlas en la prueba de que la mayoría de investidura sigue viva. Sin embargo, esa no es la utilidad real que le diere dar el PSOE. Bien lo saben desde Junts, que en privado reconocen que no se toman en serio los movimientos de Sánchez respecto a los Presupuestos porque consideran que no responden a una necesidad del país, sino a una estrategia de supervivencia política del presidente. En palabras de fuentes de este partido, de una "operación para salvar al soldado Sánchez".Pese a ese escenario, en el PSOE no contemplan modificar la hoja de ruta. La dirección socialista sigue convencida de que, mientras la oposición no reúna una mayoría alternativa y los socios continúen descartando facilitar un Gobierno del PP, el presidente conserva margen para resistir. De ahí que el Ejecutivo haya optado por sustituir la búsqueda de nuevos consensos por una estrategia de confrontación política permanente, convencido de que el desgaste ya no se combate rebajando el tono, sino empezando a marcar un perfil con sus socios que le evite asumir más coste político por los casos de corrupción que cercan al entorno de Sánchez.