Cuando el biólogo Richard Dawkins acuñó en 1976 el término meme, apenas podía imaginar que medio siglo después esa palabra iba estar incorporada al vocabulario diario de casi todo el planeta. El científico británico creó este neologismo para establecer una comparación entre los genes y la transmisión de ideas culturales. Según Dawkins, un concepto (ya fuese una idea, una coletilla, una broma o una melodía) podía adaptarse para su supervivencia cultural al igual que el material genético. Cambiaba la forma pero no el fondo. Pero, como en tantas otras cosas, la llegada de Internet lo cambió todo, en este caso potenciándolo hasta niveles globales. Hasta tal punto que uno de esos memes puede servir hasta para radiografiar a una generación. Irónicamente, la primera que creció con Internet desde la infancia: los millennials. El meme (este de aquí arriba) hace alusión al Millennial Falloff, algo así como el derrumbe de esa generación, y lo ejemplifica a través de iconos relevantes que surgieron a comienzos de este siglo, cuando los pertenecientes a esta generación asomaban a la mayoría de edad. Entre ellos, hay compañías que definieron las redes sociales y la comunicación del momento (MySpace, Facebook, Tumblr, Vice o Buzzfeed), la música (M.I.A., Arcade Fire, LMFAO…), la tecnología (iTunes y el iPod mini) o el estilo, regodeándose especialmente en los tópicos del hipster de cambio de siglo: barbas pobladas, estética leñador, ukeleles, camisetas con mensaje o libretas Moleskine. Todas ellas tienen una cosa en común: hace tiempo que han perdido su capacidad de seducción. Ese meme no es algo aislado. Las bromas con los referentes millennial proliferan, hasta el punto de que hay cuentas como Millennial Misery, con 1,7 millones de seguidores, dedicadas a recopilarlos. “La generación anterior ya nos respeta algo más porque nos hacemos mayores, pero la generación siguiente nos ridiculiza porque ahora somos nosotros los viejos. Los millennials somos los nuevos boomers”, resume Violeta Navas, más conocida como La Prados, ilustradora, humorista gráfica y guionista, además de miembro de esta generación. Hace unos años publicó un libro, La crisis del milenial, que miraba con humor a los problemas de sus coetáneos, cuyas circunstancias vitales, parafraseando a Chuck Palahniuk en El club de la lucha, les han convertido en “el hijo mediano de la historia”. “Nos educaron dentro de una idea bastante meritocrática y lineal: estudia lo que te gusta, fórmate, trabaja duro y tendrás éxito. Pero luego la realidad no funciona así”, añade. “Eso creo que ha provocado una crisis generacional importante”. A esa presencia constante de la precariedad y una ausencia de un futuro prometedor se une ahora ese escarnio de las generaciones posteriores a todos esos referentes que marcaron su paso a la madurez. ¿Por qué todas estas marcas, artistas y tendencias han caído en el descrédito hasta acabar en un meme? ¿Se trata del simple paso del tiempo o hay otros motivos por los que se asocia a los millennials con lo pasado de moda? Los motivos son diversos, pero uno prevalece sobre los demás. Antes, todo Internet era campo Quizás uno de los motivos fundamentales de ese derrumbe de los iconos millennial tiene que ver con el hecho de que ellos y ellas crecieron en un Internet primigenio, en el que las redes sociales se estaban empezando a desarrollar y en el que reinaba lo que ahora nos parece una ingenua inocencia. Entre el nacimiento de MySpace (en 2003) y TikTok (2016) hay 13 años que parecen siglos. En 2026, hay toda una generación que no ha conocido a Tom (Anderson, cofundador de MySpace que aparecía como amigo por defecto a todos sus usuarios), y para la que Facebook es algo arcaico. “Había una enorme inocencia respecto a la vida digital, no teníamos ninguna conciencia de lo que significaba internet ni de la huella digital” explica La Prados. “Hay modas a las que no volvería jamás, por mucho que ahora se idealicen los años 2000, pero había algo muy bonito: internet era una comunidad. Todo el mundo encontraba su espacio. Si eras diferente, encontrabas gente parecida a ti. Era realmente un refugio para mucha gente”. Ahora, esa sensación de comunidad ha sido sustituida por la búsqueda de la idealización constante. “Ha cambiado incluso el lenguaje”, señala. “Todo el mundo habla como si fuera influencer, tenga mil seguidores o tenga un millón. Ves a cualquier persona recomendando una crema o haciendo una reseña de un producto como si estuviera creando contenido profesional. Y piensas: ¿en qué momento dejamos de subir simplemente fotos con nuestros amigos? Porque eso era lo que hacíamos antes. No existía esa comparación constante. Subías algo porque te apetecía y ya está”, añade. La Prados reivindica otra red caída en desuso: “Para mí, Tuenti fue la mejor red social que ha existido. Muchísimo mejor que Facebook y muchísimo mejor que Instagram”, señala. “Tú salías de fiesta y al día siguiente subías doscientas fotos sin pensarlo dos veces. No digo que eso fuera mejor necesariamente. Ahora tenemos más conciencia de la privacidad, pero la diferencia es que ahora esa exposición está completamente curada. Ahora mostramos mucho más de nuestra vida, pero de una manera muchísimo más controlada y artificial”. La caída de los diosesAl igual que las redes de la época, varios medios que vivieron su auge a comienzos de los 2000 viven ahora sus horas más bajas. El caso más claro es quizás el de Vice, la revista digital surgida en Canadá a mediados de los noventa y que fue creando un pequeño imperio a través de un enfoque de contenidos basado en la cultura joven de la época y la provocación. En 2017, el grupo Vice Media llegó a estar valorado en unos 5.700 millones de dólares. Tres años después, en 2020, cerraba su edición española. En 2026 la empresa se declaraba en bancarrota. Un arco narrativo similar vivió BuzzFeed, la web que adaptó la información tradicional al lenguaje que Internet estaba desarrollando. Fundada en 2006, encontró su personalidad a través de contenidos que buscaban conectar emocionalmente con el público joven de aquel momento. En aquella época, era casi imposible escapar a uno de sus tests, la mayoría de las veces vinculados con aspectos de la cultura popular. Pensados para buscar la mayor viralidad posible, el cambio de ciclo en las redes sociales, de Facebook y Twitter a Instagram y TikTok, fue crucial para su cuesta abajo. En 2019 cerró su versión española, después de solo tres años de vida, y en 2023 cerró la división de noticias BuzzFeed News. Al igual que medios y redes sociales, el mundo del arte y el entretenimiento ha visto cómo varios de los nombres que marcaron el comienzo de siglo han decaído sin remedio. La “voz de mi generación, o al menos una voz de mi generación”, como se presentaba el personaje de Lena Dunham al comienzo de su serie Girls, ha ido perdiendo vigencia con el tiempo, y no solo en su caso. Uno de los más llamativos es el de Arcade Fire. El grupo de Montreal irrumpió en la escena musical en 2004 con su disco de debut, Funeral, que les convirtió en un fenómeno de su tiempo. La épica de su sonido y la visceralidad con la que se presentaban en directo, mezclándose con el público, conectaron con el sentimiento de búsqueda de una comunidad de la época, aupándolos después a la condición de grupo de estadio. En 2010 ganaron el Grammy a disco del año, confirmando su ascenso al mainstream. Para finales de esa década, sin embargo, comenzaron a perder fuelle. Su disco Everything now (2017) no fue recibido como los anteriores, pero el punto de inflexión llegó en 2022, cuando su cantante Win Butler fue acusado por varias mujeres de conductas sexuales inapropiadas. Una revelación que truncó su relación con muchos más y la del propio Butler con su mujer y compañera de banda, Régine Chassagne, de la que se separó en 2025. Pitchfork se convirtió a comienzos de siglo en el medio musical de referencia en la escena independiente, capaz de lanzar a un desconocido grupo indie con una reseña positiva. En 2015 fue comprada por Condé Nast, movimiento que para muchos certificaba su paso al mainstream puro y duro.Las acusaciones contra Butler se publicaron precisamente en la misma web que había sido crucial para su ascenso. Creada en 1996 por Ryan Schreiber, Pitchfork se convirtió a comienzos de siglo en el medio musical de referencia en la escena independiente, capaz de lanzar a un desconocido grupo indie con una reseña positiva. Durante unos años, se convirtió en un oráculo para algunos, y una irritante fuente de hipsterismo para otros. En 2015 fue comprada por Condé Nast, movimiento que para muchos certificaba su paso al mainstream puro y duro, y desde entonces su influencia ha ido decayendo. A comienzos de este año, introdujeron uno de sus cambios más polémicos: ahora las puntuaciones de sus reseñas solo están visibles para suscriptores. Otra artista cuya carrera fue propulsada por Pitchfork, y que también ha sufrido un declive evidente, es M.I.A. La cantante británica de origen srilanqués reinó a principios de los 2000 proponiendo un nuevo modelo de estrella global, arriesgada y combativa. Su evolución, sin embargo, no ha sido amable. Siempre dispuesta a compartir sus opiniones con el mundo, su postura contra las vacunas durante la pandemia del Covid y, en un giro de 180 grados con respecto a sus comienzos, su apoyo a Donald Trump, han acabado por decepcionar a los fans que no había perdido antes por el camino con unos discos cada vez menos inspirados. Se diría que el ídolo musical de la era millennial se caracterizó por posturas ideológicas firmes, compromiso y posicionamiento (en contraposición a esos artistas pop mainstream que querían agradar a todo el mundo). El plan estaba bien pensado pero, como se ha visto, al moverse de esos posicionamientos originales o traicionarlos, sus admiradores tomaron nota. Del underground a ser devoradas por el sistema Si en los medios o en la música la caída de referentes de la generación millennial es evidente, un universo tan cambiante como el de la moda no podía ser distinto. Pero quizás el nombre que mejor evidencia ese cambio generacional es el de American Apparel. La marca estadounidense destacó entonces por prendas básicas en multitud de colores y campañas agresivas, algunas de ellas obras del fotógrafo Terry Richardson, años después acusado de abusos sexuales. De manera casi paralela, la firma fue perdiendo capacidad de atracción y acabó entrando en bancarrota en 2015. Distinto es el caso de otra marca, en su caso básica para entender la fiebre del streetwear que llega hasta hoy, Fundada en 1994 por James Jebbia, Supreme fue durante más de dos décadas el emblema de la autenticidad en la moda urbana, un estatus al que llegó con una estrategia casi de antimarketing. Ediciones muy limitadas, que provocaban grandes colas los días de lanzamiento y reventas en Internet, un desdén por los medios tradicionales y una imagen de nombre solo para iniciado que fue creciendo hasta estallar. De colecciones y colaboraciones con músicos de culto, la firma pasó a estampar en casi cualquier objeto su logo blanco sobre fondo rojo hasta saturar al público, convirtiendo un icono del underground en un nombre omnipresente. En 2020 Jebbia vendió la compañía a VF Corporation, que a su vez la vendió en 2024 a EssilorLuxottica. Un trayecto que parece una moraleja para toda una generación: aquello que te hacía parecer diferente ha acabado asimilado por el sistema. Y eso que, en algunos casos, puede ser el mejor de los finales.