Las bromas que nacen y mueren en internet se han convertido en píldoras que explican desde lo más banal hasta lo más profundo
Los memes se han convertido en el lenguaje más nítido y directo de la cultura digital: fragmentos condensados de realidad que sintetizan la complejidad del presente y circulan a la misma velocidad de una sociedad rendida a la hiperestimulación. Desde el
_131200.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/cultura/2011/07/30/television/1312005660_131200.html" data-link-track-dtm="">Dancing Baby de los años noventa hasta las plantillas infinitas de X (antiguo Twitter), Instagram o TikTok, los memes han evolucionado de simples bromas efímeras a auténticos sistemas de descodificación del mundo, cápsulas semióticas que permiten procesar lo político, lo social y lo íntimo con ironía, humor y una suerte de lucidez colectiva.
“Como cualquier tipo de arte, los memes reflejan los sentimientos y perspectivas de quienes los crean. Pero también muestran cómo se sienten las audiencias que les dan ‘me gusta’, los comparten o los reenvían”, explica Aidan Walker, escritor e investigador de cultura digital. Su Substack se llama How to do Things with Memes (cómo hacer cosas con memes). “No siempre se trata de hacer reír. Los memes son formas de comunicación rápidas, pero nos permiten ver cómo se organiza la atención y cómo se expresan identidades colectivas”.






