Los fenómenos de las redes sociales necesitan todavía a los medios tradicionales, aunque tantos los den por muertos, para llegar al gran público, y a alguno de esos fenómenos hay que analizarlos con microscopio, no ponerles una lupa de aumento

No me extraña el auge de las monjas. Tomar los votos es una conversación recurrente entre amigas cuando calculamos los años que quedan hasta la jubilación. Nos preguntamos entonces cómo podríamos solucionar de una tacada el tema del alquiler y la pensión completa, y siempre surgen dos opciones: la cárcel y el convento. Ser monja tiene ventajas: no hay que preocuparse por el outfit ni por el pelo, bendita toca;

ha-considerado-historicamente-peligroso.html" data-link-track-dtm="">¿cómo no se la va a poner Rosalía?, ¿cómo no va a querer esa niña de Los domingos hacerse monja de clausura? Con lo difícil que es conciliar el pelo con la vida.

Esta supuesta tendencia llega cinco minutos después de la tabarra con las tradwives. Otro tema que también me planteé. Lo feliz que sería horneando y esperando con un whisquito a mi amorcito, a lo Betty Draper, pero nadie se anima a mantenerme. No vería fisuras al plan si no hubiese crecido rodeada de amas de casa que no tenían tiempo ni para desesperarse. Y además, no sé hornear.