Si el escenario es tan hostil, ¿por qué adolescentes y jóvenes no se rebelan? ¿Dónde se juega, si es que se juega, un deseo de cambio? ¿Qué forma toma hoy el rechazo a lo establecido?La proliferación de liderazgos disruptivos y el uso permanente de redes sociales, con sus algoritmos, no son fenómenos comunicacionales de moda. Podrían ser, más bien, síntomas de la desorientación y de una angustia profunda.En Psicología de las masas y análisis del yo, Sigmund Freud estableció una comparación entre el enamoramiento y la hipnosis. En el enamoramiento, el sujeto eleva al objeto al lugar de su ideal. En la hipnosis, el hipnotizador ocupa directamente ese lugar. En ambos casos, el sujeto se debilita y se somete a un otro idealizado. La masa no es más que la multiplicación de este mecanismo.Cuando la incertidumbre crece y las referencias tradicionales se desmoronan, la necesidad de pertenecer se intensifica. En este sentido, la adolescencia --hoy extendida más allá de sus límites tradicionales-- ofrece una imagen privilegiada para comprender lo que acontece. La búsqueda de identificaciones fuertes, grupos de referencia y relatos capaces de responder a dos preguntas decisivas: ¿qué soy para el otro?, ¿qué debo ser?Las redes sociales aprovechan la “pulsión escópica”, como definió Jacques Lacan al impulso inconsciente relacionado con el placer de mirar y ser mirado. Sólo que no se trata hoy de mostrarse, o de cierto “voyeurismo”, sino de que “existo si soy visto”.Los liderazgos comprenden bien esta demanda. Más que propuestas o programas, ofrecen pertenencia. Un relato. Un nosotros y un ellos. Y cuanto mayor es la incertidumbre y la angustia, más seductora puede resultar la promesa de una comunidad sin fisuras, de una verdad sin contradicciones o de una satisfacción sin pérdida.Por eso, en sociedades atravesadas por la hiperconectividad y la fragilidad de los vínculos, la búsqueda identitaria adquiere una intensidad voraz.Aunque los algoritmos no crean el deseo, sí lo orientan. No imponen un ideal único, pero conectan al sujeto con objetos que resuenan con sus modos de goce.La hipnosis ya no se produce únicamente por efecto de un líder ni únicamente de una pantalla. Es el resultado de su articulación. Podríamos decirlo así: el líder opera por la vía de la identificación y del enamoramiento; el dispositivo, por la captura.Esto tiene consecuencias importantes sobre el lazo social. Si en el siglo XX la masa se organizaba en torno a un líder, hoy asistimos a formas de agregación de la masa más fragmentadas.La pertenencia y el aislamiento ya no se oponen: se producen al mismo tiempo. Cada sujeto está solo frente a su pantalla y, al mismo tiempo, integrado en circuitos de repetición que refuerzan identificaciones y modos de goce. La voz moral que antes prohibía, hoy empuja, ordena gozar.No asistimos entonces a una pérdida del deseo, sino a su captura hipnótica. Se trata de un deseo suspendido, capturado por imágenes, discursos y circuitos que anticipan las respuestas antes de que las preguntas puedan formularse.Pero el conflicto no reside únicamente en ciertos líderes, sino también en aquello que millones de personas buscan desesperadamente en ellos. Por eso, las promesas de identidad plena, pertenencia y protección absoluta resultan tan seductoras: porque parecen ofrecer algo de alivio ante la angustia.Pero, ¿qué ocurre cuando se dejan de elaborar preguntas y sólo se encuentra fascinación por respuestas ya fijadas? Allí reside uno de los desafíos centrales de hoy: recuperar un lugar para el deseo donde la fascinación parece ocuparlo todo.