Primero te llega un mensaje muy breve, casi inofensivo: “Hola, cambié mi número” acompañado de una foto conocida, una forma de hablar parecida y una urgencia razonable en forma de solicitud de transferencia bancaria, un código o un enlace a un sitio web. Circunstancias cotidianas como un supuesto paquete detenido o el familiar en problemas y después un calvario en el que se mezcla la presencia de una estafa económica, la apropiación de tu línea telefónica, tu cuenta bancaria y la necesidad de avisar a todos tus conocidos que has sido víctima de una estafa cibernética. Este 30 de junio, difundido ampliamente como el Día Internacional de las Redes Sociales, no basta con celebrar que estamos conectados como nunca en la historia, pues la pregunta importante es otra: ¿qué estamos haciendo con esa conexión y hacia donde la estamos llevando? México ya no es un país que usa internet de vez en cuando. Según la última Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH), 86% de la población de seis años y más usa internet, es decir, 104.9 millones de personas; además, 78.3% de los hogares en nuestro país cuenta con acceso a internet. Así, pareciera que de repente la vida cotidiana se mudó a este lugar virtual, en donde ahora suceden más conversaciones familiares, actividades comerciales, encuentros personales y también delitos. Desde hace años hablamos de las redes como si fueran una plaza pública en donde podemos encontrarnos con todas y todos; sin embargo, hay algo que pasamos por alto cuando pensamos en esta analogía, una plaza tiene rostros, límites, horarios y testigos. En las redes sociales, en cambio, cualquiera puede usar una identidad falsa, fabricar una urgencia, manipular una imagen, acosar sin dar la cara o convertir una mentira en una duda razonable a fuerza de contagio. Lo digital no eliminó los viejos delitos, les dio velocidad, máscara y alcance. En 2024, 21% de la población usuaria de internet de 12 años y más, vivió alguna situación de ciberacoso; hablamos de 18.9 millones de personas tan solo en nuestro país. Las mujeres fueron más afectadas que los hombres (22.2% frente a 19.6%) y las formas más frecuentes fueron el contacto mediante identidades falsas y los mensajes y llamadas ofensivas. Los espacios donde más ocurrieron estas situaciones no fueron rincones oscuros de internet, sino plataformas de uso diario: WhatsApp, Facebook y llamadas al celular. Estamos hablando de tecnología de uso cotidiano, a través del aparato que llevamos en la mano, que nos conecta con nuestro grupo familiar, las amistades de la escuela o el trabajo, con la página donde se compra, se opina o se busca empleo. Espacios que hoy en día también incuban fraudes financieros, extorsiones, amenazas, robo de identidad, violencia sexual digital y campañas de desprestigio. Por eso la responsabilidad digital no puede reducirse a recomendar “no dar clic en enlaces raros”. Hace falta una nueva cultura pública de la información; y también hay que decirlo con claridad, la responsabilidad no puede recaer solo en las personas usuarias. Las plataformas no son vitrinas neutrales. Si ganan dinero con nuestra atención, también deben responder por los daños que se multiplican bajo sus reglas. Por su parte, toca a las escuelas formar ciudadanía digital desde edades tempranas; y a las familias hablar de estos riesgos sin burla ni regaño y con pleno conocimiento. Las redes sociales nos dieron la posibilidad de hablar, organizarnos y encontrarnos. Pero ninguna herramienta es inocente cuando estructura la vida de millones. Lo que ocurre en redes deja de ser virtual porque tiene efectos sobre la vida real de las personas, como el dinero perdido, el miedo de una adolescente acosada, la reputación destruida por una mentira o la llamada de extorsión. Por todo ello, quizá la mejor forma de conmemorar este 30 de junio no sea publicar una frase sobre el poder de estar conectados, sino asumir la idea de que estar tan conectados no nos hace más libres ni más informados, antes nos obliga a ser más responsables con lo que compartimos (cuidar el no compartir datos personales), con lo que consumimos y con lo que generamos en estos espacios. Con lo anterior, vale la pena reflexionar sobre el registro de nuestras telefonías, pues si la delincuencia ya se encuentra en la red, las autoridades no pueden quedarse con las herramientas de hace diez años para combatir el crimen de hoy. Académico Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.