Su uso sin control está generando un inmenso daño estructural en nuestras conciencias, nuestra convivencia y nuestras sociedades democráticas
Hablamos de las redes sociales como si fueran sujetos colectivos. No lo son. No piensan, no deciden, no conspiran ni distraen por sí mismas. No son agentes autónomos, ni oráculos de inteligencia colectiva. Son instrumentos, herramientas que pueden funcionar como armas de influencia masiva y de poder en manos de tecnócratas digitales capaces de orientarlas según sus intereses y estrategias, como está ocurriendo de manera cada vez más descarnada. Su uso sin el adecuado control está generando un inmenso daño estructural en nuestras conciencias, en nuestra convivencia y en nuestras sociedades democráticas.
Llegaron envueltas en un lenguaje de promisión: libertad, democracia digital, instrumentos para el empoderamiento personal y colectivo. Fascinados por el brillo de la novedad tecnológica y sus tan indiscutibles como atractivas funcionalidades, les entregamos nuestros datos, nuestra atención, nuestro tiempo, nuestras rutinas, nuestra intimidad. Pero aquellas promesas han sido traicionadas y sustituidas por simulacros: conectividad sin comunidad, exposición sin diálogo, expresión sin pensamiento, noticias sin verificación y manipulaciones por doquier. Hoy son campo abierto para la propaganda y el bulo, la confrontación y el odio, donde el adversario es tomado por enemigo. Con el avance técnico van reconfigurándose, pero lo hacen siguiendo la única lógica del beneficio propia del capitalismo de la vigilancia, bajo una apariencia de imprescindible servicio.






