Durante años, el debate se planteó en términos de oposición: juguetes versus tecnología, aire libre versus dispositivos, imaginación versus pantallas. Pero en la vida real —y en la crianza cotidiana— esa lógica empieza a quedar corta.
La clave no es pensar los juegos digitales y analógicos como rivales, sino como complementarios, porque, lejos de reemplazar experiencias, lo digital puede amplificar tanto lo positivo como lo negativo que ya existe en el mundo offline.
Más allá del “cuánto”, está la importancia del “qué”. Durante mucho tiempo, la conversación giró alrededor del tiempo de pantalla. Y si bien sigue siendo relevante —especialmente en la primera infancia—, hoy el foco se amplía: no todas las pantallas son iguales.
Hay propuestas que estimulan la creatividad, la resolución de problemas o el pensamiento estratégico. Otras, en cambio, promueven un consumo más pasivo o dinámicas difíciles de interrumpir.
Por eso, más que contar minutos, se vuelve clave acompañar las elecciones: entender si un juego tiene chats abiertos, si habilita interacción con desconocidos, si incluye compras o qué tipo de contenidos ofrece.














