El 19 de junio se estrenó Toy Story 5. En la nueva entrega de Pixar, Woody, Buzz y Jessie no pelean esta vez contra ningún villano humano, como el “hombre-pollo” de las primeras entregas, sino que su adversaria es Lilypad, una tablet inteligente que desplaza a los juguetes en el tiempo de juego de Bonnie. La metáfora vale para todas las edades: el objeto físico -el muñeco, la interacción, el juego “real”- pierde terreno frente a la pantalla. En el último mes, en paralelo con el tanque de Disney, aparecieron nuevos estudios de economistas sobre los costos que está generando la adicción masiva a las pantallas, con algunas metodologías muy ingeniosas para atacar el talón de Aquiles que venían teniendo estas investigaciones: cómo inferir causalidad de meras correlaciones.Esa fue, durante años, el gran desafío que enfrentaron los críticos de las pantallas: desde principios de la década pasada empeoraron varios indicadores cognitivos, hubo aumento de ansiedad y más problemas de salud mental, en paralelo con el ascenso de los smartphones y la redes sociales. La complejidad radica en que hay muchos otros factores que cambiaron (incertidumbre económica, demografía, cambio climático, cultura). Entonces, ¿son las pantallas el único o el principal culpable? Días atrás, el National Bureau of Economic Research publicó uno de los estudios más resonantes de lo que va del año. Sus autores —Caitlin K. Myers, economista de Middlebury College, y Ezekiel Hooper— lo titularon: “Is the iPhone Birth Control? Causal Evidence from AT&T’s 2007–2011 Carrier Monopoly” (¿Es el iPhone un anticonceptivo?). Desde 2007, la tasa general de fecundidad en los Estados Unidos se derrumbó un 22%, un declive que no podía explicarse con las variables habituales como condiciones económicas, costos de vivienda, acceso a anticonceptivos.Myers y Hooper encontraron una palanca causal usando un experimento natural. Entre junio de 2007 y febrero de 2011, el iPhone se vendía exclusivamente a través de AT&T. Como la cobertura de banda ancha de AT&T se expandió de manera desigual por el territorio norteamericano, los investigadores pudieron comparar zonas con acceso temprano al smartphone con zonas que lo recibieron más tarde, una variación exógena perfecta para establecer causalidad y no solo correlación. El hallazgo fue contundente: el acceso al iPhone redujo los nacimientos entre un 4,5% y un 8% en mujeres de 15 a 19 años, y entre un 3,2% y un 6,6% en mujeres de 20 a 24 años. En conjunto, la difusión del smartphone explica entre el 33% y el 52% de la caída total en la tasa de fecundidad entre mujeres de 15 a 44 años. Los mecanismos propuestos incluyen la reducción de las interacciones presenciales, el aumento del consumo de pornografía y la disminución de la frecuencia sexual, todos consistentes con los datos de uso del tiempo disponibles a nivel nacional. Más iPhone, menos sexo.El mismo ecosistema de investigación arrojó resultados elocuentes en otro frente: la educación. Justin Wolfers, un economista de la Universidad de Michigan reconocido por sus trabajos sobre bienestar y felicidad, muy popular en sus trabajos de divulgación, analizó la evidencia acumulada sobre las prohibiciones de celulares en colegios de los Estados Unidos, otro “experimento natural” (porque la prohibición fue desigual en distintos estados, con lo cual hay grupos de control). El estudio más riguroso es el de David N. Figlio (Northwestern) y Umut Özek, que midieron la prohibición en Florida, el primer estado en adoptarla, en 2023. Dos años después de la medida, los puntajes de bienestar y atención mejoraron de manera significativa, con efectos más pronunciados en varones, en estudiantes de secundaria y en escuelas con mayor uso previo de celulares. Los beneficios sobre el bienestar (reducción de ansiedad, mejor clima social en las aulas) superaron en magnitud a las mejoras académicas. Hoy, el 74% de los colegios de los Estados Unidos tiene prohibición total del celular durante la jornada escolar, el doble que dos años atrás.Nada de esto es completamente nuevo. El divulgador Nicholas Carr fue pionero en 2008 con su artículo en The Atlantic “¿Google nos está haciendo más estúpidos?”, luego expandido en Superficiales (2010). Carr acuñó el concepto de “sedentarismo cognitivo”: la tendencia a delegar procesos mentales en la máquina de la misma manera que el sedentarismo físico atrofia los músculos. Jonathan Haidt, psicólogo social de la Universidad de Nueva York, sumó el ángulo de la salud mental en The Anxious Generation (2024): la correlación entre smartphones y el aumento de la depresión y los suicidios en adolescentes tiene, según Haidt, componentes causales verificables. Se pasó, dice, de una “niñez basada en el juego” a una “niñez basada en el smartphone”. Jean Twenge, psicóloga de la Universidad Estatal de San Diego y coautora de varios de estos estudios, encontró que entre las chicas de 10 a 14 años que usan redes sociales más de cinco horas diarias, la tasa de depresión severa triplica a la de sus pares sin uso intensivo. En el libro de Haidt (todo un ejemplo de lo que se conoce como “influectuals”, un término acuñado por la columnista de LA NACION Sonia Jalfin: buena comunicación, timing e influencia para instalar ideas) también hay ejemplos de “experimentos naturales” que refuerzan la causalidad, como uno en el que se analizan las pocas universidades en las que Facebook entró primero en beta, y cuyos estudiantes luego tuvieron más problemas de salud mental que en el resto de las universidades.Las consecuencias económicas son considerables. Un informe de la Asociación Americana de Optometría estimó que el tiempo excesivo de pantalla le cuesta a la economía estadounidense US$151.000 millones por año, de los cuales 86.300 millones son pérdidas de productividad. En la Argentina, el economista Ramiro Albrieu señaló que el informe OCDE -que relevó capacidades cognitivas de 160.000 personas de entre 16 y 65 años en 31 países- es alarmante: solo Dinamarca y Finlandia mostraron mejoras. En los Estados Unidos, tres de cada diez adultos tienen la comprensión lectora de un niño de diez años. El “efecto Flynn” —el crecimiento generacional del coeficiente intelectual durante el siglo XX— se revirtió alrededor de 2012, coincidiendo con el pico de adopción masiva del smartphone.¿Qué puede hacer uno con toda esta evidencia? Si la pantalla es, en parte, un problema de diseño intencional -apps construidas para maximizar el tiempo de uso-, las soluciones también tienen que ser de diseño. Los investigadores de bienestar conductual proponen un menú de intervenciones, varias de ellas contraintuitivas y que surgen de años de aprendizajes de la economía del comportamiento y de la literatura de sesgo y “nudges”, esos “pequeños empujones” que pueden derivar en grandes cambios conductuales. Un ejemplo de esto último podría ser poner la pantalla en tonos de grises a partir de determinada hora (para evitar la tentación de escroleo), quitar las notificaciones, dejar el celular fuera de la habitación al dormir y otras).En Toy Story 5, el argumento no es tan lineal ni tecnófobo. Tratando de no espoilear, Lilypad no es 100% villana: estamos definitivamente mejor con tecnología que sin ella, el tema es llegar a un equilibrio y evitar el uso excesivo y adictivo.Salud mentalTecnologíaRedes sociales