Mónica Lidón (Murcia, 46 años) hubiera deseado que su vida se parase en el mismo momento que la de su hijo Jaume, quien falleció con tres años y tres meses el 22 de abril de 2014 por un accidente doméstico. Pero ella decidió vivir. “Siempre pensé que mi hijo no podía ser mi verdugo”, explica. “Yo quería que, cuando la gente me mirase, no viese pena, sino que recordase a Jaume como fue y que él estuviera orgulloso de mí”, relata a EL PAÍS. Una vez que el dolor empezó a darle tregua, tomó la decisión de acompañar a familias que estuvieran viviendo lo mismo que ella vivió. La hoy experta en duelo se inscribió en el Posgrado de Intervención en Pérdida, Duelo y Crisis de la Universitat de Girona y, como trabajo final, escribió un texto sobre esos tres primeros años tras la pérdida de Jaume. A partir de ahí, comenzó a poner en marcha su proyecto Caminando Juntas, con el que lleva 10 años acompañando a mujeres y familias con charlas, retiros y ponencias para que ninguna se sienta sola ante la pérdida de un hijo.Actualmente es miembro del profesorado del posgrado que cursó, y ahora publica El reencuentro será maravilloso. Claves para vivir más allá del duelo (Vergara, 2026), en el que incluye aquel primer trabajo y una segunda parte con todo lo que ha aprendido en estos 10 años de acompañamiento. “Siempre sentí que faltaba algo más, y creo que el libro tiene una visión global de lo que es un proceso de duelo”, apunta Lidón.PREGUNTA. Cuando unos padres pierden a un hijo, ¿cuáles son los primeros pasos que se deben dar para ayudarles?RESPUESTA. Cuando muere un hijo, al principio, los padres están en estado de shock. El cuerpo nos protege y lo que les cuesta muchísimo son las cosas más básicas del día a día. Somos incapaces de cocinar, de limpiar, de gestionar papeles... Todas estas cosas tan rutinarias para una persona, como entrar en un supermercado, para unos padres en duelo se hacen casi imposibles. La mayor ayuda que se le puede dar a alguien que acaba de perder a un hijo es echarle una mano con las cosas cotidianas y mucha presencia.P. Es profesora de un posgrado sobre duelo, crea su programa Caminando Juntas y realiza retiros con familias que han perdido un hijo. ¿Por qué decide dedicarse a ayudar a esas familias?R. Porque, cuando murió mi hijo, yo me sentí muy perdida en este proceso. Nadie sabía cómo tratarme. Ni tan siquiera yo sabía cómo tratarme a mí misma. Una vez que pude elaborar el proceso, decidí que nadie debía sentirse así nunca más. Una madre que pierde a un hijo pierde su identidad, pierde la vida y, además, tiene integrada esta frase que dice que una madre que pierde a un hijo no vuelve a vivir, y eso no es verdad. Sí, vuelve a vivir. La relación no ha terminado y yo quería acompañar en todo ese proceso. P. En su caso, ¿qué es lo que le ayudó a seguir?R. Siento que lo que me ayuda a seguir siempre es la fuerza que nos sale a todas. Con los años aprendí que la fuerza es el amor incondicional. La fuerza que sentía por mi hijo fue la que me ayudó. El querer saber, el querer conocer, el querer que estuviera orgulloso de mí. Yo quería que, cuando la gente me mirase, no viese pena y tragedia, sino que recordase a mi hijo como lo que fue: alegría, espontaneidad. Y creo que he conseguido que eso se refleje a través de mí.P. ¿La sociedad sigue pensando que el duelo tiene plazos?R. Una persona en duelo tiene que lidiar con eso y, además, con la incultura de duelo que hay en esta sociedad, que nos impone estar bien rápidamente. Una mamá que ha perdido a un hijo no va a estar bien en un mes, ni en dos ni, incluso, en tres años. Son procesos muy largos de adaptación, asimilación e integración. No quiere decir que vaya a estar metida en una cama durante tres años, pero sí que va a estar sintiéndose mal e intentando hacer vida para sobrevivir. Esas frases de “qué bien te veo” o “me alegro de que ya estés bien” no tienen nada que ver con la realidad. A estas familias les incomoda mucho la necesidad del entorno de que estén bien, y esto viene por la incapacidad de muchas personas para tratar con alguien que va a estar mal durante un tiempo muy prolongado. Existe una gran incomodidad social ante el sufrimiento prolongado y necesitamos aprender a acompañar mejor a quienes atraviesan una pérdida tan dura.P. Habla en el libro de que el proceso de duelo se mueve, se transforma. ¿Hacia dónde?R. Siempre les digo a los papás que la relación con su hijo no ha terminado. Simplemente ha cambiado de forma. Y esto es lo que tienen que aprender, porque pensar que se ha acabado todo no permite seguir viviendo. Debemos integrar que nuestro hijo sigue en nosotros y que nuestra relación no ha dejado de existir. Las mamás tienen mucho miedo a olvidarse con el paso del tiempo y ocurre justo lo contrario. El amor se expande. Siempre digo que cuando eres madre descubres lo que es el amor incondicional. Pero, al perder un hijo, ese amor se eleva a la máxima potencia. Al final, debemos entender que la relación no ha terminado, simplemente ha cambiado de forma.P. ¿Es importante dejar claro que, aunque la vida continúe después de la pérdida de un hijo, las recaídas son lógicas y aceptables?R. El proceso de duelo no es lineal. Tiene subidas y bajadas, picos de dolor y momentos en los que vamos a estar en calma. Al principio son más los días que tengo malos y tendré uno bueno. Y luego esto se va espaciando en el tiempo. Pueden pasar tres años y tener un día horrible por la pérdida de alguien. Esto es lo que debemos entender. Que tendré días muy malos, pero también podría tener días buenos. Que la tristeza y la alegría no son incompatibles, pueden coexistir. Y se viven a la vez todo el rato durante un proceso de duelo. Puedo ir a una fiesta de cumpleaños y estar contenta y, luego, sentir una tristeza profunda porque esa persona ya no está aquí. Igual que las mamás que vuelven a ser mamás. Esto no les quita el dolor. Siguen sintiendo esa tristeza profunda por no tener a su hijo. Pero tienen algo aquí que les conecta con la vida.P. ¿Qué es lo más valioso que ha aprendido en todos estos años desde que Jaume murió?R. He aprendido el valor de los momentos, el valor de la vida. He aprendido a vivir. Siempre digo que antes de sufrir una pérdida tan significativa, vamos como burros por la vida. Y es como ponerte unas gafas nuevas al mundo y entender lo que de verdad te importa y el valor que tienen los pequeños momentos. Entonces, haber vivido esto, dedicarme a lo que me dedico, me tiene totalmente conectada a la vida y al regalo que es.
Mónica Lidón, experta en duelo: “Necesitamos aprender a acompañar mejor a quienes atraviesan la pérdida de un hijo”
La docente publica ‘El reencuentro será maravilloso’, un libro en el que relata la muerte de su hijo Jaume, fallecido a los tres años, y recoge lo aprendido tras una década trabajando con familias que han vivido esa situación










