El miedo a olvidar es un sentimiento frecuente entre las personas que están en duelo. Ante la muerte de un ser querido, el temor y la culpa parecen aliarse frente a la posibilidad de que la memoria empiece a fallar y los recuerdos se borren o se vuelvan difusos.¿Qué pasa con los tonos, las risas, los olores, los gestos, las palabras? ¿Qué implica ir perdiendo eso que puede parecer un detalle, pero es una parte fundamental de la vida compartida?Valeria Schwalb, psicóloga especialista en duelo y resiliencia, explicó a Clarín que el miedo a olvidar durante el duelo es uno de los más comunes, pero también uno de los menos hablados. “En mis años acompañando duelos lo escuché de mil formas distintas, pero el fondo siempre es el mismo: el terror a que el tiempo se lleve lo que más amamos. Hace poco les pregunté a quienes me siguen qué es lo que más miedo les da olvidar, y la respuesta fue casi unánime: la voz. Después la risa, el olor y la forma en que abrazaba”.“La memoria no vive en el sufrimiento, vive en el amor”¿A qué se debe ese temor, tan popular, entre quienes afrontan una pérdida? “Detrás de ese miedo hay algo muy humano: mientras duele, sentimos que seguimos cerca. Como si el dolor fuera el último hilo que nos une a esa persona. Por eso muchos se aferran al sufrimiento sin darse cuenta, porque soltar el dolor se confunde con soltar al ser querido. Y no es lo mismo”, aseguró la especialista (en Instagram, @resilienciaenred).Para la especialista, es necesario desentrañar y entender qué viene a cuidar ese temor. “Ese miedo nace de una creencia: que si dejo de sufrir, traiciono el vínculo. Y es exactamente al revés”.Según Schwalb, “sanar nunca fue olvidar. Uno no recuerda a quien ama solamente desde el dolor: lo recuerda también en la alegría, en lo cotidiano, en las cosas chiquitas que esa persona dejó. El día que entendés que podés nombrar a tu ser querido riéndote, contando una anécdota, sintiéndolo presente en un gesto tuyo, ese día el miedo empieza a aflojar. Porque te das cuenta de que la memoria no vive en el sufrimiento, vive en el amor”.Herramientas para mantener vivos los recuerdosExisten varias formas de mantener vivos los recuerdos vinculados a la persona que falleció. Mientras que algunas herramientas dependen de la tecnología, otras requieren del trabajo emocional de quien está en duelo.La psicóloga recomendó, en primera instancia: “Guarden la voz. Audios, mensajes, videos. Es lo que más miedo da perder, y hoy tenemos la posibilidad de conservarla”.Otro ejercicio que suele sugerir es escribir las escenas cotidianas (no las grandes fechas). “La forma en que tomaba el mate, una frase que repetía, cómo se reía de sus propios chistes. Esos detalles son los que se borran primero y, al mismo tiempo, los que más nos devuelven a la persona”, destacó.Por último, mencionó algo que siempre trabaja en la consulta: “Registrar en qué te transformó ese vínculo. Porque a quien amamos no lo llevamos solo en la memoria, lo llevamos en gestos nuestros, en cosas que hacemos hoy y aprendimos de esa persona. Eso no se olvida: se vuelve parte de quién sos”.“Para elegir una especialización así, algo te tiene que haber atravesado en la vida”La especialización en duelo y resiliencia que hoy ejerce Valeria Schwalb no llegó de casualidad ni fue una vocación latente desde siempre. En 2006, Julieta, la primera hija de la psicóloga, murió a los 3 años.“Creo que para elegir una especialización así, algo te tiene que haber atravesado en la vida. Y a mí me atravesó. Mi primera hija falleció a los tres años y cuatro meses por un cáncer muy severo llamado neuroblastoma”, contó.La muerte de la niña, obviamente, lo cambió todo (incluso a nivel profesional): “Yo no elegí el duelo mientras estudiaba, sino después, desde mi propio duelo. Pasé por profesionales de todo tipo, hice terapias de todas las formas posibles, casi desesperada, tratando de entender algo de lo que me estaba pasando. Y sentía que nadie podía entenderme”. Entonces, se puso como objetivo convertirse en la profesional que le hubiese gustado tener a la hora de necesitar ese acompañamiento, en el peor momento de su vida.En medio del dolor más profundo, hubo una frase de su hija que fue determinante: “Cuando Juli estaba en su momento final, me dijo: ‘Mamá, me quiero quedar’. Y entendí que de ella podía quedarse todo su amor, pero sólo si yo me disponía a trascenderla en actos de amor”.“Eso es lo que hago cada día. Por eso siento que con Juli formamos un equipo: una energía fusionada, porque ella está en mí y ayuda a través de mis acciones. Por eso, cuando digo que acompaño a sanar desde mi propia historia, es literal”, concluyó la psicóloga.