Gloria Labay (Barcelona, 61 años) intentó durante siete años ser madre. Lo buscó de todas las maneras posibles: primero de forma natural; después, mediante distintas técnicas de reproducción asistida; y, finalmente, recurriendo a la adopción (también fallida). Por el camino sufrió cuatro pérdidas gestacionales. Todo ese proceso lo vivió mientras ejercía como matrona. Es decir, viendo nacer a los niños que ella no llegaba a tener. “Mientras lo viví, hubo momentos muy duros, pero, con el tiempo, siento que mi profesión también me ayudó a tener una visión más realista de la maternidad, esa cara B que normalmente no se cuenta, pero que las matronas sí vemos. Porque también hay embarazos que no salen adelante, pérdidas gestacionales, casos de infertilidad... y yo ya conocía esa realidad, tenía una mirada más amplia”, cuenta.Su experiencia personal y profesional, es también terapeuta en duelo, dio pie al proyecto La vida sin hijos, un espacio de formación, divulgación y encuentro (se organizan talleres y retiros) para mujeres que se ven obligadas a renunciar al sueño de la maternidad no por elección propia, sino por dificultades reproductivas u otras circunstancias. Las vivencias acumuladas al frente de grupos de apoyo, junto con su experiencia de más de un cuarto de siglo, están detrás de las páginas de su primer libro, Ser sin ser madre (Lunwerg, 2026). Se trata de un volumen íntimo y, desde lo personal, profundamente universal que, entre otras muchas cosas, aspira a visibilizar el dolor silenciado de las mujeres que no consiguen ser madres.PREGUNTA. Escribe la psiquiatra Ibone Olza que el duelo por la no maternidad “figura entre los más invisibles de todos los duelos”.RESPUESTA. Es que realmente es invisible, no existe una visión de este dolor. Diría que entra en la categoría de los duelos no autorizados, porque la gente no es consciente de lo que duele esta pérdida. Les cuesta ponerse en tu piel, porque la sensación es que pierdes algo que nunca has tenido, ¿no? Partiendo de esa base, es como si no se te autorizara a estar triste.P. ¿Falta atención a este duelo?R. No se acompaña desde ningún ámbito: ni desde el entorno más cercano, ni desde la sociedad, ni desde las instituciones. El duelo perinatal, que es el duelo por una criatura que se pierde durante el embarazo o en los primeros meses de vida, está saliendo cada vez más del armario: hay más conciencia, existe un día internacional [cada 15 de octubre], hay más atención especializada... Pero el duelo por la no maternidad, por la pérdida de esa identidad que a las mujeres nos inculcan desde bien pequeñas, sigue invisibilizado. Y creo que sería importante que cada vez más psicólogos estuvieran formados para acompañar estos duelos de la no maternidad, estos duelos reproductivos por infertilidad, porque cada vez va a haber más casos.P. ¿Esta demanda es especialmente acuciante en el caso de la industria de la fertilidad?R. Sí. Para mí, de hecho, lo peor de mis intentos de reproducción asistida fue tomar conciencia de que esta industria no tiene nada pensado para la gente que no lo consigue. Tú pones todo tu empeño, te gastas todo tu dinero, pero, si no lo consigues, no hay nada. No te dicen: “Puedes ir a tal grupo de ayuda” o “Aquí te pueden ofrecer acompañamiento psicológico” para paliar el golpe que supone salir de ahí con las manos vacías después de una gran lucha. Creo que un negocio como este, que mueve miles de millones de euros cada año, humanizaría mucho estas técnicas con solo dedicar un 0,01% de sus beneficios a las personas que salimos de ahí sin una criatura en brazos.P. “No me imaginaba una vida sin hijos. Lo veía como la muerte en vida”, escribe. ¿Cuánto hay en esa percepción de “muerte en vida” de presión y mandato social?R. El mandato social influye mucho, claro, porque la vida de las madres es un guion de vida conocido y reconocido socialmente, pero la vida de las mujeres sin hijos parece que no existe y, si existe, es a través de estereotipos muy feos, como la amargada, la madrastra, la loca de los gatos o la ejecutiva agresiva que lo ha apostado todo a su carrera y ahora mira, está sola. Nadie quiere ser eso, así que, en cierto modo, sí que existe un mandato, un guion de vida en el que reproducirse es el eje principal. En un contexto así, si no logras cumplir con esa idea te sientes perdida, te quedas sin guion y te preguntas: “¿Y ahora cómo se sigue?”.P. ¿Y cómo se sigue?R. Lo primero que hay que hacer es un duelo, porque esto para nosotras es una pérdida, aunque los demás no lo vean así. Aceptar la no maternidad es un umbral vital: hay un antes y un después. Por eso es fundamental expresar los sentimientos que genera esa pérdida y darles espacio. Para ello, los grupos de iguales son de gran ayuda, porque necesitas encontrar tu tribu: otras mujeres que hayan pasado o estén pasando por lo mismo y que te ayuden a validar tu dolor, a recomponerte y a comprender que lo que te ha pasado no es algo individual, sino colectivo. Una vez haces el duelo, que requiere mucha energía tanto física como mental, llega el momento de reconstruirse, de alimentar otras ilusiones que quizá se quedaron por el camino en pos del proyecto bebé.P. Se define como “la matrona de las mujeres sin hijos que se dan luz a sí mismas”. Igual que se suele hablar de la experiencia transformadora de ser madre, traspasar ese duelo y aceptar que no se va a poder ser madre, ¿es, de alguna forma, una manera de renacer como mujer?R. Sí, totalmente. Una vez que aceptas que esa experiencia no la vas a tener, ya no te queda ninguna excusa para no ocuparte de ti misma. Es decir, tienes que volver la mirada hacia ti, cuidarte, que es algo para lo que las mujeres no hemos sido educadas. Todo lo contrario: siempre somos las cuidadoras de los demás, siempre nos ponemos en último lugar, siempre somos las que se comen el huevo frito que se ha roto. Es un momento para empezar a preguntarte qué necesidades tienes, qué ilusiones te gustaría recuperar y también para canalizar el amor que tú creías que ibas a dar a tus hijos hacia otras personas o hacia otros objetivos. Siempre digo que el mundo necesita mucho amor, no solo el amor de madre.