Estudió Administración de Empresas en Estados Unidos y realizó prácticas en diferentes empresas, pero enseguida vio que no era lo suyo. “No me llamaba la atención y sentía que quería hacer algo mío. Tengo sensibilidad por el diseño y vena emprendedora”. Así comienza la conversación Nacho Aragón (Madrid, 31 años), el menor de los tres hijos de Emilio Aragón, que, poco a poco, ha ido dando forma a dos proyectos empresariales. El primero, en 2018, fue Neutrale, una firma de moda sostenible que lanzó con un socio, Jaime Gil, y que ha derivado en Casa Neutrale, un concepto de restauración “que reflejara el estilo de vida mediterráneo y la cultura española”, y que acoge cinco locales diferentes bajo una misma marca, “para gustos distintos”: una cafetería de especialidad, un bar de vinos naturales, un espacio con música para cenar, un local para desayunar o un bar donde tomar unas albóndigas o unos macarrones. “Este fue mi arranque emprendedor”, cuenta, mientras toma una bebida refrescante con pajita, sentado en uno de los locales de Manosanta, la línea de churrerías y chocolaterías que, poco a poco, va expandiendo por Madrid.“La idea nació de la necesidad de volver a colocar la categoría del churro donde se merece. Veía que otras modas lo estaban eclipsando y quería recuperar esos momentos del domingo por la mañana cuando mi padre traía churros para desayunar”, explica. Desarrolló una marca que se distingue por el color azul y un diseño minimalista, aunque reconoce que no sabía nada de churros ni de porras, más allá de como consumidor. “Nos metimos en esto sin conocer el negocio y nos costó encontrar al primer churrero. Viajamos a diferentes lugares, como Andalucía, para ver cómo se hacía el tejeringo. Nos formamos. Es complejo porque no es nada fácil encontrar churreros”. Finalmente dieron con un profesional, Edgar Pereira, que se asoció con ellos, aportando “toda la experiencia” y encargándose de las formaciones, añade Aragón.El primer local lo abrió, junto a su socio y cuñado, Javier Gimeno, en 2021, en el distrito de Salamanca, en Madrid, y hasta la fecha han inaugurado cinco más en distintos puntos de la ciudad, como Carabanchel, Canillejas o Peñagrande, además de Alcalá de Henares. El próximo se inaugurará en los próximos meses en el barrio de Simancas. “Queremos estar en sitios que nos podamos permitir, donde veamos una oportunidad y en locales que no tengan una renta alta. También tienen que ser ubicaciones donde haya movimiento de gente, porque, además de vender churros, queremos hacer barrio, que sea un punto de encuentro. Cada local nos da un aprendizaje diferente”, comenta el empresario, que en los inicios contó con la ayuda de su tía, Amparo Aragón. “Recuerdo un día de Navidad abriendo con ella el único local que teníamos entonces a las seis de la mañana para tenerlo todo preparado”.Un momento de la fritura de una rosca de porras en Manosanta, en el barrio de Canillejas, en Madrid. Jaime VillanuevaEn la imagen, Pawer Jair, churrero de Manosanta, en el barrio de Canillejas en Madrid.Jaime VillanuevaTanto la masa de los churros y de las porras se elaboran con harina, agua y sal, y se fríen en aceite de oliva.Jaime VillanuevaBandeja con una rueda de porras y churros, preparados al instante, en Manosanta, en el Canillejas (Madrid).Jaime VillanuevaChurros recién fritos de la churrería Manosanta, en el barrio de Canillejas, en Madrid.Jaime VillanuevaUna camarera sirve unas porras en la barra de la chocolatería y churrería Manosanta, en el barrio de Canillejas, en Madrid.Jaime VillanuevaEn cuanto a nuevas aperturas, asegura que dependerán de las oportunidades que surjan y no tanto de un calendario establecido. Confiesa que no tienen prisa: “Vamos poco a poco, porque lo importante es poder dar un buen servicio, ya que los churros y las porras los elaboramos en el momento en el que el cliente los pide, que todos los locales estén bien rodados y que la gente que acuda pueda sentirse en casa”. Reconoce, eso sí, que desde el primer momento les han tentado con ofertas para franquiciar el negocio, pero, por ahora, es algo que no contemplan. “Estamos bien así. Nos lo preguntaban mucho al principio, ahora no tanto, porque nuestra obsesión es colocar primero el churro —también las porras, aunque se venden menos— donde tiene que estar, sin acaparar todo, aunque en un futuro no descarto franquiciar”.Su sueño no es otro que recuperar la costumbre del desayuno familiar de los domingos. “Ahora que soy padre, quiero que mi hijo tenga esos recuerdos que tengo yo en la cocina de mi casa, con los churros, mojándolos en café o en chocolate. Los churros unen a abuelos con nietos, a amigos, a parejas, a las familias. Es precioso”. También mira a largo plazo: “Me gustaría ser el churrero de España”.En Manosanta el churrero es el protagonista —de ahí el nombre, la “mano santa”, la del profesional que amasa, da forma y fríe— y trabaja a la vista del cliente: la cocina está acristalada y orientada hacia la sala. En ese momento, en el local de Canillejas, se encuentra Pawer Jair (Bogotá, 32 años), churrero desde hace tres años en la empresa, que ha descubierto un oficio que le gusta. “Lo mejor es que lo que hago le gusta a la gente”. ¿Existe el churro perfecto? Nacho Aragón lo tiene claro: “Es el que idealizas en tu infancia”. Para Jair, que cuando no aprieta el calor hace miles al día, el ideal es el que se “fríe a una temperatura de entre 213 y 217 ºC durante un minuto, para que no quede ni duro ni blando, ni tampoco graso, sino como una galletita”.
Nacho Aragón reivindica el desayuno de churros en familia: “Quiero ser el churrero de España”
El hijo de Emilio Aragón lleva las churrerías Manosanta a los barrios de Madrid








