Un anuncio clásico de la radio madrileña cantaba: “Los Fernández son muy amables”. Este jueves en El hormiguero daban ganas de cantarlo cuando salieron los Arguiñano, aunque el verso quede descuadrado de sílabas. Si no me decido a titular este artículo por ahí es porque la amabilidad es una virtud que se queda corta en su caso. Amable puede ser un camarero o un conductor ...

de autobús, pero no es un adjetivo que le colocaríamos a un padre o a un amigo íntimo. La simpatía de la gente cercana está hecha de otra sustancia, y los españoles tenemos una relación tan familiar con Karlos Arguiñano que cuesta mucho calificarle. Lleva tanto tiempo entre nosotros que lo damos por hecho y por sabido y le reímos los chistes antes de que los cuente. Y no nos cansamos de él. Ni él de nosotros, que es lo más extraño de todo.

Fue Karlos Arguiñano a El hormiguero con su hijo Joseba, de quien podría decirse que es su Miniyo, si no fuera porque es más grande que su padre. La visita se enmarca en una estrategia de largo aliento que busca preparar al pueblo español para una sucesión ordenada. Dijo el rey en el programa que le queda cuerda para rato, pero anoche quedó claro que era una manera de hablar. Su majestad don Karlos ya ha designado heredero, y aunque no será fácil que Arguiñano II llene todo el hueco de Arguiñano I —nadie podría—, se va demostrando que el príncipe tiene percha, mañas, disposición y formación para hacerse cargo de la herencia.