Con la llegada del solsticio de verano, los montes y las plazas de los pueblos del Pirineo se llenan de antorchas que iluminan la noche. Son las fiestas del fuego, una espectacular tradición que no entiende de fronteras –las hay en Catalunya, Aragón, Andorra y el sur de Francia– y que desde hace años atraen a multitud de turistas. Una creciente afluencia con la que lidian algunos pueblos, que apenas llegan al centenar de habitantes, para no morir de éxito.
“Siempre ha habido algo de miedo a que se pierda identidad”, arranca Mireia Guil, antropóloga y autora de una tesis doctoral que analiza el impacto de la declaración de estas fiestas como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2015. Su trabajo, con más de 180 entrevistas sobre todo centradas en Vall d’Àneu y Vallée de la Barousse, ha recibido recientemente el premio Claustre de Doctors de la Universitat de Barcelona (UB) y antes la mención internacional en Universidad Sorbona Nueva de París.
Guil explica cómo cada localidad ha afrontado de forma distinta el aumento del turismo en las últimas décadas. Isil (comarca del Pallars Sobirà), de las que más visitantes recibe la noche del 23, limita la participación a los locales y su entorno; otras, como las de Andorra, abrazan el turismo sin tantos reparos, mientras que en Francia, algunos pueblos mantienen su tradición en un ámbito estrictamente comunitario y sin que haya llamado la atención de las masas de visitantes.










