Hay muchas maneras de celebrar la noche de San Juan. La más conocida suele tener playa, hogueras junto al mar y gente esperando la medianoche. Pero en algunos rincones del Pirineo ocurre algo distinto. Cuando cae el sol, pequeños puntos de luz empiezan a aparecer en la montaña y descienden poco a poco hasta el pueblo. Son antorchas encendidas que recorren caminos, iluminan las laderas y terminan alimentando una gran hoguera colectiva.
A estas celebraciones se las conoce popularmente como las fallas del Pirineo, aunque no vayas a pensar en las de València, porque no tienen nada que ver. Su nombre oficial, al menos para la UNESCO, es “Fiestas del fuego del solsticio de verano en los Pirineos”, pues desde 2015 están reconocidas como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Son celebraciones antiguas, ligadas al cambio de estación y transmitidas de generación en generación, pero siguen muy vivas y cada pueblo, obviamente, las celebra a su manera.
En total, participan más de sesenta localidades repartidas entre Aragón, Catalunya, Andorra y el sur de Francia. En España, muchas de las fiestas se concentran en comarcas como Sobrarbe y La Ribagorza, en el lado aragonés, o la Alta Ribagorça, Berguedà, Pallars Jussà, Pallars Sobirà o la Val d’Aran, en el catalán. Algunas tienen lugar la noche del 23 de junio y otras se reparten entre mediados de junio y finales de julio, pero todas comparten una misma idea: recibir el verano con el fuego como protagonista.











